Cibermitanios

El número de Dunbar

La cifra que explica por qué existe el mal en el mundo.
La altura máxima que puede alcanzar un árbol es de 100 metros. No caben más de 500 piercings en una vagina. Todo tiene un límite. En este caso, hablaremos del límite de miembros que puede tener una sociedad antes de comenzar a colapsar: el número de Dunbar. Y se trata de un número tan por debajo de lo imaginable que te dejará muy claro por qué existe el mal en el mundo.


Robin Dunbar fue un humano. Y lo es, porque aún no se murió, aunque no puedo asegurar que sea humano toda su vida. Su mayor logro fue adelantarse a cualquier otro Dunbar que pudiera existir e inventar "el número de Dunbar", para frustración de la posible carrera científica de cualquiera de sus descendientes. No le costaba nada ser más específico y bautizarlo como "el número de Robin Ian MacDonald Dunbar", pero así de cabrones son los antropólogos. Dunbar es un humano antropólogo.

El origen de su número es biológico: representa la idea de que los miembros de un grupo de animales sociales necesitan mantener cierto contacto con los demás, pero hay un límite en cuanto a la cantidad de "otros" que cada uno puede tolerar. Este límite es directamente proporcional al volumen del neocórtex de la especie. El neocórtex es exclusivo de los primates, la parte más evolucionada del cerebro.

Como mencioné antes, Dunbar era humano y –por si fuera poco– antropólogo, por lo que se justifica que quisiera averiguar el número de Dunbar concerniente a la especie humana. Estudiando a los otros primates (38 especies), Robin calculó que dicho límite debía rondar los 150 en los seres humanos. Puede parecer un número grande, pero veámoslo así: si hubiera 150 letras en el alfabeto, cabrían casi todas en un tweet.

Dicho esto, cabe mencionar que Twitter fue evidentemente creado para el idioma inglés, que con sus mini palabras puede sacarle máximo provecho, a diferencia de los alemanes o de los habitantes de Camboya que hablan jemer, un idioma con 72 letras en su alfabeto, incluyendo 32 vocales. Imagina la cantidad de emoticones que podrían crearse...

  • (tratando de lamerse la nariz)
  • :ɔɓ (exhausto por tratar de lamerse la nariz)
  • :ŋɓ (cara de asombro de una persona con cara compleja)
  • :ʋɽ (tratando de quitarse un trozo de comida con la lengua)
  • :ɲʃ (mirando de costado tratando de interpretar un emoticón)
  • əə (posible reemplazo del meme "mother of god")
  • No te distraigas...

La Historia muestra que 150 individuos es el punto de quiebre de muchos grupos formados orgánica, naturalmente. Es al alcanzarlo cuando los pueblos granjeros del neolítico se dividían. Desde el Imperio Romano hasta hoy, es el tamaño máximo de una unidad militar. Los amish y otros grupos etnorreligiosos se ramifican si alcanzan dicha cantidad. Y en los videojuegos multiplayer comienza a reinar el caos al sobrepasarlo, al igual que en los grupos que comparten ideologías políticas.

Dejando de lado las grandes ciudades modernas y las orgías organizadas por el Profesor Poronguetti, este número sólo es alcanzado cuando el grupo se ve obligado a colaborar para tareas vitales, ya sea por cuestiones ambientales, económicas u organizacionales. En otros casos, cuando no es absolutamente necesario, se mantiene muy por debajo.

En las poblaciones también se ha visto que al superar esta cifra aparecen los problemas sociales, incluyendo al crimen, la contaminación y la discriminación. Es decir que el límite de Dunbar predice fenómenos como el racismo, la xenofobia y la indiferencia hacia la necesidad y el sufrimiento ajeno. Cabe aclarar que el sufrimiento ajeno es tu sufrimiento desde la perspectiva ajena.

JerarquíaSuperando los 150, se vuelve necesaria e inevitable la aparición de una figura de autoridad que acomoda al resto de la sociedad en una estructura piramidal creando otras desigualdades. Este es el diluvio que derrama el vaso de 150 ml de las capacidades sociales humanas. Eso es básicamente una fiesta de cumpleaños día por medio. Nadie puede comer tanta torta.

Es lógico: Así como tener más cantidad y diversidad de amigos complica planificar una fiesta, porque uno de ellos es vegano, el otro no toma alcohol, aquél es judío y este neonazi, otro anda en silla de ruedas y otro más le tiene fobia a las fiestas, así mismo, poblaciones más grandes requieren cada vez más reglas de convivencia, normas sociales y leyes restrictivas con consecuencias más severas.

En sociedad, después del límite de Dunbar, todos quedamos atados a los demás, aunque nunca interactuemos con ellos, y esto nos quita libertad a cada uno. Como a los erizos reunidos por el frío, por un lado nos da calor, por otro nos lastima.

Lo natural en el resto de las formas de vida es dividirse en grupos al superar el límite. Cuando las abejas sobrepasan la capacidad del panal, en lugar de seguir ampliándolo de modo que las obreras tengan que viajar una hora en escarabajo para llegar al trabajo, elijen una nueva reina y la mitad abandona la morada con ella para fundar un nuevo imperio (bien lejos, donde no haya competencia por los recursos).

Bueno, no es que realmente la elijan. No hay un desfile de abejas en bikini. Además, las abejas, aunque carezcan de neocórtex, saben –a diferencia de los humanos– que "la elección de la reina" encierra la misma contradicción que hay entre democracia y monarquía, así que se limitan a llamar a las cosas por su nombre: "bzzzz", y la nueva reina sencillamente surge y las demás simplemente la siguen, sin necesidad de que aquella les prometa un panal de hexágonos pentagonales.

Elección de la reina de las abejas

Y, así, sobran ejemplos de organicracia entre nuestros camaradas del reino animal, de quienes podemos aprender mucho acerca de lo practico y funcional: cada individuo tiene una función útil en su sociedad, significa algo para el resto. Por eso rara vez los monos (salvo los chimpancés) van a la guerra o aparecen asesinos seriales en un hormiguero.

Claro que en tu supercerebro caben más de 150 personas. Hay espacio incluso para cientos de actrices porno. Algunos hasta pueden reconocer a los camarógrafos por sus sombras. Pero esos son sólo datos, no personas concretas con las que interactúes y tengas lazos estables (ya quisieras).

Y, además, todo depende del tipo de actividad que comparta la red social: Otros estudios demostraron que el número de Dunbar para grupos creativos es 12. Sospecho que los deportes de equipo también tienen un límite de Dunbar semejante. Y las cajas de huevos.

Para mantener una conexión social verdadera (no solamente hipotética, como las que nos unen por ideología, etnia o geografía), la teoría de Dunbar especifica que para socializar con 150 personas, debemos dedicar a ello cerca del 42% de nuestro tiempo, y esto gracias al lenguaje, porque de otro modo la socialización se resumiría a quitarle piojos a los demás, lo cual nos tomaría todo el día.

Claro que la evolución podría habernos bendecido desarrollando nuestros dedos para que sean más rápidos y eficaces a la hora de acicalar humanos cercanos, pero decidió invertir en nuestro cerebro, de modo que pudiéramos inventar Facebook y dar likes a cientos de semejantes sin perder tiempo en conocerlos. Pero esa es otra historia...



Lo importante es que a partir de los 150 individuos empiezan a existir los desconocidos, los "amigo de un amigo", con la consecuente disolución de la identidad del grupo. Técnicamente, la cifra de Dunbar incluye personas de nuestro pasado con las que tenemos la esperanza y probabilidad de retomar contacto, así que en la práctica cotidiana es aún menor que 150 (lo cual es bueno, porque el número de Dunbar no es lo óptimo, sino una alarma de sobrecarga).

Es irreal sentirse parte de una masa sin rostros ni nombres. Y además es peligroso.

Es conocido el dicho stalinista: Una muerte es una tragedia. La muerte de millones es una estadística. Efectivamente, los grandes números de personas comienzan más a ser números que personas. Las nociones de patria, nación, etnia, etc. pierden sentido para el individuo cuando éste no puede imaginar concretamente a sus integrantes como personas distintas y relevantes, cada una con sus necesidades y aptitudes, derechos y obligaciones. Mucho menos pueden sentirse diferentes cosas por cada uno (porque son todos diferentes y porque ni siquiera se los conoce).

Dicho de otro modo: no basta con tener cosas en común; no es suficiente escuchar la misma música que alguien y usar el mismo corte de pelo para realmente pertenecer a la misma tribu. Lo que hace falta es justamente conocer lo que lo diferencia de los demás, lo particular, no lo genérico, lo que determina su rol en nuestras vidas.

Dada esta hermandad virtual (de hermanos separados al nacer y que jamás se volvieron a ver), cada uno lucha o se queja en nombre de la pequeña esfera que puede percibir (llamésmola dunbársfera o 150-esfera), con intereses opuestos a los de la otra punta de la megasfera social, a quienes desconoce. Y, como bien dice o debería decir el dicho, los opuestos se aniquilan.

Intereses opuestos

No estoy proponiendo separarnos en micronaciones de 150 habitantes, sino sólo explicando por qué las sociedades son un desastre: Aquellos fuera de nuestra dunbársfera no son personas para nosotros. Son gente.

A tu limitado cerebro homosapiensal le preocupa más la vida de tu mamá que la muerte de diez en el pueblo vecino, o de cien en el país de al lado, o de mil en la guerra del otro continente. Puede que te preocupen, claro, pero no vas a derramar mil veces más lágrimas por mil extraños que por un amigo. Habría demasiada agua salada en este planeta.

La verdad es que a tu funeral no irán más de 150 personas. Y no es tu culpa. Es cuestión de hardware: no podemos realmente amar ni odiar a más de 150 individuos, porque no podemos reconocerlos como tales. Más allá de eso, uno sólo ama y odia abstracciones, y nacen así el fanatismo y la discriminación, cuando no la simple indiferencia.

¿Cómo se explica, si no, que todos sepamos que nuestras zapatillas son hechas por jóvenes esclavos pero no busquemos calzados alternativos para ayudar a reducir ese nefasto mercado del que formamos parte? Las probabilidades están del lado de que esos esclavos tengan números colgando del cuello: "151", "152", "153"... No son personas para nosotros; son esclavos.

La información apenas nos llega como un cuento, cómico o trágico, pero bidimensional. Esto no se puede cambiar. Y es así también en favor de nuestra salud mental, porque, aunque tuviéramos cerebros capaces de simpatizar con 150 millones de personas, podemos hacer poco por todas ellas. Pero podemos hacer mucho por unas pocas, y quiero que retengas esta idea en tu memoria o la twitées si se te acabó el espacio en la cabeza.

Etcétera...

En un plano utópico pero intentable, deberíamos tener en cuenta un simple principio que cada uno haría bien en aplicar a su propia vida: O se tienen muchas relaciones superficiales, o se tienen pocas pero profundas.

A la hora de diseñar una sociedad, una ciudad o una organización de cualquier índole, debería también priorizarse la calidad de las conexiones antes que la cantidad. Y esto vale lo mismo para el transporte, la comunicación y todo lo que una a las personas. Siendo imposible un Estado de 150 personas, quizá sea buena idea limitar a ese número sus representantes, para que trabajen mejor en conjunto. Pero esto es un trabajo de siglos.

Por otro lado más concreto e inmediato, a nivel individual y sabiendo todo lo anterior, deberíamos ejercitar la consciencia de que toda la gente son personas. Al caminar entre una multitud de desconocidos, reconocer que son miembros de la desmesurada, ineficaz y desbordada tribu a la que uno mismo pertenece por defecto. Esto puede cambiar cosas pequeñas pero que se amontonan formando mayorías.

Desde el millonario hasta el que duerme en la calle, todos son miembros de la tribu humana. Nadie lo duda. Pero, si hay lugar para uno más en tu 150-esfera, tal vez quieras darle una oportunidad para ser persona –además de gente– al desamparado. Porque es uno quien lo convierte en tal cosa al incluirlo en su mundo, en su tribu privada de cupo limitado.

Si bien hoy la tecnología expande este límite al doble, permitiéndonos retomar contacto con individuos que de otro modo se hubieran perdido de nuestra esfera social efectiva, también suele demandarnos tiempo extra de algo remotamente parecido a la socialización bilateral.

El número de Dunbar en Twitter
El que mucho abarca, poco aprieta. Y en la mayoría de los casos las redes sociales sólo complican el problema, añadiendo personas donde hace falta intimidad.

Para finalizar mi parte de estos pensamientos, propongo un experimento simple que puede hacerse con papel, lápiz y tiempo: Anotar los nombres de todas las personas que uno conoce y con las cuales mantiene actualmente una relación interpersonal de cualquier tipo. No cuentan las vecinas espiadas que ni saben tu nombre. Y, si necesitas recurrir a Facebook para recordar su nombre, esa persona tampoco cuenta. (Otro día te contaré una versión más sofisticada de este experimento que conlleva grandes revelaciones filosóficas.)

¿Cuántos nombres hay en tu lista?