Cibermitanios

Todos estos mundos y Europa

Para la ciencia-ficción, el fruto prohibido del Sistema Solar. Para la ciencia, el más codiciado por la misma razón.
Para la ciencia-ficción, Europa, la luna de Júpiter, es el fruto prohibido del Sistema Solar. Para la ciencia, es el fruto más codiciado por las mismas razones: ¡hay vida en Europa! Bueno, no estoy seguro... NASA enviará dos naves para comprobarlo en 2020, ¡pero no puedo esperar tanto! Los últimos datos son muy prometedores, y es mejor soñar con esto antes de llegar a la encrucijada entre realidad y ficción...

Además de mi razonable apremio por encontrar vida extraterrestre, otra razón para escribir sobre esto hoy y no en 2020 es el margen de casi diez años que tengo para que todo el mundo se olvide de cualquier estupidez que pueda decir ahora. Si alguien está leyendo esto en o más allá de 2020, por favor, comprenda que en 2011 éramos muy estúpidos; incluso nos desplazábamos en vehículos que usaban combustibles fósiles y algunos países democráticos habían retrocedido tanto que elegían a sus gobernantes con criterios de nobleza medieval.

Pero dejemos de lado lo conocido y preparemos el equipaje imaginario, porque nos vamos a donde la banda ancha móvil no puede llegar. Muy lejos.



De la Tierra a la Luna, además de ser un libro de Julio Verne, la luz tarda 1,3 segundos. De la Tierra a Marte, 14,1 minutos (651 veces más). De la Tierra a Júpiter, hay 43,7 minutos luz. Es decir que la distancia a Júpiter es 2.020 veces mayor que la distancia a la Luna. (¿Ya notaste la coincidencia?)

Después de la Tierra, Júpiter es sin dudas el espectáculo más asombroso del Sistema Solar. Ver de cerca ese inmenso e indomable globo de líquido y gas mucho más grande que todos los otros planetas juntos despertaría una vocación astronómica en cualquiera, a pesar de que alguna vez fue del doble del tamaño actual y se sigue contrayendo dos cm por año. Y, además de su atmósfera, hay en él infinidad de cosas para investigar, incluyendo sus hipnóticos anillos, sus auroras electromagnéticas y sus más de 63 lunas.


Sus principales lunas están en resonancia, es decir que cada una se encuentra aproximadamente al doble de distancia que la anterior y su órbita alrededor del planeta lleva exactamente el doble de tiempo, como lo harían las agujas de un extraño reloj cuyas horas durasen 2 minutos de 2 segundos cada uno.

De esas lunas y de todos los mundos cercanos sobresale Europa por sus tácitas promesas hospitalarias frente a la vida. Tiene casi el tamaño de nuestra Luna y su atmósfera, aunque es un traslúcido velo, está compuesta principalmente por oxígeno; recibe constante calor de Júpiter y suficiente luz como para tentar a la fotosíntesis. Pero su principal mérito es tener enormes cantidades de agua, al punto de que prácticamente toda su superficie está cubierta por hielo.

Esa capa, al menos desde un punto de vista astronómico, es sumamente dinámica. Al ser fundamentalmente agua, se renueva constantemente, así como nosotros cambiamos de piel.

Ciertas características que se observan en la superficie de Europa sugieren que tiene agua líquida bajo la helada circunferencia. Y lo más probable es que bajo ella tenga un imponente océano subterráneo: todo un mundo acuático, oscuro y aislado, pero con más oxígeno que los mares terrestres, paradójicamente protegido del frío por esa gruesa capa externa congelada alrededor de los -180 °C...


Debido a la gravedad de Júpiter y a la poco humilde insistencia europeana en mostrarle siempre la misma cara, como la Luna a la Tierra, las manchas que se ven en su superficie tienden a crearse de forma casi perfectamente paralela. Sin embargo, cuanto más oscuras (cubiertas de polvo, y, por lo tanto, más antiguas) son las líneas, más se tuercen, hasta llegar a ser perpendiculares. Esto sugiere que la cáscara de Europa está en realidad flotando sobre agua o hielo menos denso.

Estas manchas se llaman lenticulae (pecas, en latín) y lineae (líneas), grietas más claras seguramente producidas por fenómenos internos que dejan ver un hielo más limpio. Las similitudes de tamaño y distribución de estas características comparadas con las de la Antártida sugieren que el exterior helado de Europa está retorciéndose por la acción de hielo más caliente que se abre paso hacia la superficie.

Si el interior del satélite es lo suficientemente caliente como se piensa, es posible que haya vida. Las probabilidades son lo bastante altas como para que NASA intente tocar otro mundo con dos naves idénticas (por si algo sale mal).

Un factor de riesgo es que Europa recibe una gran cantidad de radiación proveniente de Júpiter (de unos 5,4 sieverts al día, cantidad suficiente para matar a Chuck Norris). Una vez expuestas a ella, las naves podrán soportarla durante unos pocos días antes de quedar fritas, por lo que la misión debe ser muy veloz y precisa: vaporizar muestras de suelo en busca de rastros de vida presente o pasada, determinar la habitabilidad actual y futura y quedar allí para siempre.


Si todo sale bien y se confirma el subocéano europeano, el próximo paso sería enviar un robot-taladro (cryobot) con reactores nucleares que generen suficiente calor para derretir el hielo y avanzar lentamente por la acción de su propio peso. De alcanzar el océano, comenzaría la tercera fase: una nueva sonda (hydrobot), submarina en este caso, se desprendería del taladro y exploraría tomando fotos y recopilando otros datos.

Pero los problemas no terminan: como Europa muestra siempre la misma cara a Júpiter, las condiciones habitables de cada lado (si las hay) deben ser muy diferentes. El éxito de la misión dependerá en gran parte del lugar elegido para aterrizar, por lo que las probabilidades de encontrar vida son escasas, pero tentadoras. Y la verdad es que ya me estoy aburriendo de que seamos los únicos seres vivos del universo.

Me alienta el hecho de que en nuestro planeta hay organismos acuáticos que subsisten a grandes profundidades sin necesidad de luz ni oxígeno y a bajas temperaturas, y nada parece objetar que sea posible algo similar en los heterogéneos dominios de Júpiter.


Y me desalienta que las distancias tan largas creen también una brecha temporal: cuando una nave arriba a su destino, en la Tierra ya tenemos tecnologías muy superiores y más económicas. Eso es evidente incluso en el caso de Marte, hacia donde ahora va en camino el robot más complejo jamás creado, Curiosity, mientras que la sonda que amartizó en 2004, Opportunity, recién comienza a devolver datos interesantes desde el planeta rojo.

Júpiter está mucho más lejos en el espacio y en el tiempo. Aunque se lanzaran las naves hacia Júpiter según lo planeado (en 2020), el viaje tomaría cerca de seis años. Y, al ritmo en que avanza la ciencia, entre 2020 y 2026 la diferencia tecnológica será tan grande que cuando las naves lleguen a Europa probablemente la Tierra esté gobernada por robots de DARPA.

Y ya que vuelvo a la ficción, me urge mencionar a Arthur C. Clarke (la "C" es de Charles, pero se abrevia como lo haríamos si se llamase Pablito Clavóun Clavito). En su novela 2010: Odyssey Two, Clarke imagina a Europa habitada por alguna innombrable forma de vida inteligente que obliga a los cosmonautas a abandonar la exploración de Júpiter. Al partir rumbo a la Tierra, la nave recibe un mensaje: Todos estos mundos son para ustedes, excepto Europa. No intenten aterrizar ahí. Y termina diciendo: Úsenlos unidos. Úsenlos en paz.

What's gonna happen?Por si fueran pocas coincidencias con la fantasía de Clarke, la agencia espacial rusa Roscosmos (Роскосмос) está interesada en colaborar con la misión real que planea NASA, al igual que en la novela.

Clarke era un genio, no sólo poético sino también racional. Sus cálculos científicos de que Europa podría albergar vida junto con la poética idea de que justamente ese mundo estaba prohibido fue su forma de decir: "busquemos ahí".

Quizá nos aguarde en Júpiter alguna forma de vida -aún cuando esta primera misión no la pueda descubrir- observando atentamente desde algún rincón del satélite. Después de todo, Europa prácticamente significa "ojos abiertos".

Tal vez, por una ilación1 de históricas ironías, reales y ficticias, Europa termine siendo el Nuevo Mundo. Pero de algo estoy seguro: si descubrimos vida en Europa algún día, la primera especie debería llamarse clarkensis en honor al escritor... A menos que sean esas formas de vida las que nos pongan nombres a nosotros...