Cibermitanios

El secreto del fuego

Quizá sea más fácil cultivar electricidad que tomates...
Imagina una sociedad donde el secreto del fuego haya sido tan bien guardado por organizaciones ocultistas que debamos pagarles por enviar uno de sus agentes a nuestra puerta con una antorcha con la cual calentará y alumbrará lo que queramos durante un tiempo limitado. El monopolio funcionaría indefinidamente mientras nadie se diera cuenta de que la antorcha puede pasar su fuego a otro objeto combustible...

El agente de las llamas nos dirá que el fuego es demasiado peligroso como para quedar en manos de la gente común y nos contará historias acerca de personas que ardieron hasta la muerte por intentar dominarlo o simplemente por haberlo usado sin la preparación adecuada. Pero el ingrediente más importante en la receta de la ignorancia es la costumbre: Las cosas siempre fueron así, ¡hay que pagar por el fuego!

Similares paradigmas de culto a organizaciones sin rostro nos hacen creer, por ejemplo, que la electricidad es una cosa que fabrica algún Mago de la Luz y que sólo él puede someter a sus designios de viajar por cables, meterse en las paredes y salir por agujeritos para darnos de noche más luz que de día, siempre que lo hayamos honrado con la ofrenda del dinero, porque de otro modo el Mago puede condenarnos a sufrir la misma absoluta ignorancia por la que le estuvimos pagando.

Y si por azar o causas misteriosas un día el suministro se corta de repente, es protocolar asomarse a la puerta para intercambiar miradas de desconcierto con los vecinos, como si un eclipse imprevisto nos hubiera traicionado, y sentir por un instante nuestra dependencia de mecanismos desconocidos. Nos reconocemos, si tenemos suerte, en una inocente infancia tecnológica típica de primates apenas evolucionados para pagar por aquello que otros controlan.

Pero quizás haya otras formas de obtener esa mística sustancia que puede tanto dar luz como propinar una cosquilla mortal. Quizás el Mago nos entrega demasiada electricidad justamente para que temamos su poder destructivo y elijamos permanecer en el seguro analfabetismo energético.

Quizás todo sea más simple de lo que parezca desde el punto de vista del adepto ignorante. Quizá sea más fácil cultivar electricidad que tomates. Quizá sea tan fácil como hacer fuego. Y quizá no necesitemos tanta... Después de todo, nueve de cada diez cosas eléctricas usan un reductor de magia, un transformador.

En nuestra sociedad se habla de energías alternativas como de antorchas legendarias de dudosa realidad y eficiencia. Incluso cuando llegue el día en que todas las compañías distribuidoras de electricidad obtengan la energía del sol y del viento, les seguiremos ofrendando sacrificios monetarios sin conectar dos neuronas al respecto.



La realidad es que no hay fuentes de energía alternativas, sólo deliberadamente ignoradas y alejadas del alcance común por los intereses corporativos que dominan los mercados. Las vemos como rarezas o excentricidades, pero tener una fuente de energía propia y gratuita hoy es más fácil que hace una década y quizá también más fácil que dentro de otros diez años, cuando se vuelva un negocio masivo como todo lo demás.

Esta es una época estratégica para tomar las riendas, pero hay que dar un par de pasos antes. El primero es informarse. El segundo es informar a los demás, compartir esa llama para que se extienda e ilumine desde todos los ángulos nuestro confortable santuario de la ignorancia. El tercer paso... te lo mostraré en otra ocasión.