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Lecciones de la naturaleza para encontrar pareja

Tácticas de apareamiento del reino animal que pueden servirte de consuelo o inspiración.
No sólo los humanos tenemos problemas para encontrar pareja (aunque somos los que más problemas tenemos para deshacerse de ella). En el reino animal –al cual pertenecemos, nos guste o no– hay toda clase de inconvenientes relativos a la perpetuación de la especie. Estas son algunas tácticas de seducción y apareamiento que pueden servirte de consuelo o inspiración...

Advertencia: Este post contiene imágenes de animales completamente desnudos.

El hombre promedio da por concluidos los juegos previos a los 1,3 segundos de haber conocido a la mujer. Después de todo, él ya ha pasado tal vez años buscándola y entrenando en solitario, y realmente ella no tiene tantas cosas para andarle tocando. Un veloz inventario le dirá al macho que la hembra posee todos los órganos exigidos por el protocolo del trámite evolutivo.

Esto no es tan malo como parece, querida lectora. Compárese con el triste caso de la mosca: el canto de cortejo que el macho produce batiendo sus alas dura 3 milisegundos. Agradezca entonces la vertebrada su privilegio dentro del orden de los primates si le quieren hacer oler una almohada en tres minutos o si intentan persuadirla de perpetuar la especie con un grito desde un camión de basura. No todas son tan halagadas en el reino animal.



La poligamia o la simple discreción sexual serían problemas mucho mayores para las mujeres si fuésemos como las moscas, cuyos espermatozoides son 20 veces más largos que sus propios cuerpos. Imposible sería para la lectora ocultar que acaba de tener relaciones si dichas células reproductoras le colgaran entre las patas. Ningún otro hombre la querría tocar, y ese es el fin de semejante esperma: ocupar todo el espacio disponible para evitar la competencia.



La mayoría de las especies sólo tiene oportunidad de aparearse un par de veces en la vida, sobre todo aquellas que, como la mosca, viven apenas unos días. Y por los hechos sospecho que la duración de una vida es bastante proporcional a lo que al individuo le toma reproducirse. De hecho, no me extrañaría que sea por esto que algunas tortugas vivan 200 años. En una hipotética filmografía erótica de las tortugas, desde que el repartidor de pizzas toca el timbre hasta que se quita el caparazón, un ser humano podría conquistar un continente, formar un harén, tener cien orgasmos y volver a tiempo para ver el final de la película.

Uno de los casos que ejemplifican esta correlación entre expectativa de vida y acto sexual lo ofrece la famosa mantis religiosa, cuya hembra no tiene escrúpulos a la hora de dar por finalizado el encuentro y simplemente se come al macho. No es personal: la mantis se come todo lo que se mueve, razón por la cual el macho debe aproximarse sigilosamente por detrás –como hacemos muchos– mientras ella come otra cosa y, sin preámbulos amorosos, inseminarla lo más velozmente posible.



O tal vez sea al revés y en realidad las hembras reaccionen así porque los machos no tienen mucho tacto. Sea el caso cual sea, él no va a llamarla al otro día. En conclusión, ser una mantis macho es peor que tener un fetiche con trampas para osos o enamorarse de la nieta de Chuck Norris. Agradezca entonces el lector humano que lo peor que le puede pasar es irse con el corazón roto, pero vivo para seguir intentando y fracasando.

Yo sospecho que la mantis ha sobrevivido como especie gracias que posee un buen oído. Literalmente: un oído, porque las mantis tiene sólo uno, lo cual debe impedirle detectar de dónde proviene el sonido cuando el macho se acerca por la retaguardia. Esto nos enseña que hasta la más feroz tiene su talón de Aquiles. El secreto es cogerlas desprevenidas.



Y son muchos otros los animales, particularmente entre los insectos, en los que el celibato es la clave de la longevidad. La abeja es un caso conocido: los genitales del macho quedan enganchados a los de la hembra y, al intentar separarse de ella, se separa de ellos y muere (dejando un "tapón" que dificulta a otros machos hacer lo mismo).

El macho de abeja muere con honor, claro, porque probablemente le ha dado un orgasmo a la reina y tal vez bauticen algún hexágono del panal con su nombre. Pero muere, y la naturaleza confirma así su macabra moraleja: el sexo es más importante que la vida. Definitivamente tiene algo de trascendental: la trascendencia de la especie es nada menos que su fin.



Y las abejas no son las únicas en quedar castradas al elegir pareja. Entre los humanos hay quienes sufren del síndrome del zángano e intentan llegar vírgenes al matrimonio en lugar de sacar provecho de su privilegiado sistema reproductor reutilizable, incluso más envidiado entre los himenópteros que la capacidad de elegir un oficio y un propósito en la vida.

Otras criaturas no mueren, pero sufren un pequeño descanso de la vida, como el conejo macho, que se desmaya milisegundos después de acabar la romántica tarea. Durante el orgasmo, su glándula pineal segrega melatonina a una velocidad que equivale a la de un martillazo en la cabeza, al menos en efectos somníferos. De no ser por este mecanismo que incapacita al macho por un tiempo, los conejos se reproducirían como chinos.



A diferencia de hace un siglo atrás, en la especie humana hoy casi nadie muere por tener sexo, aunque muchos lo hacen sin llegar a conocerlo. Pero si te parece que es complicado conseguir pareja para nosotros, deberías agradecer no ser un insecto...

Aproximadamente ocho de cada diez insectos y arácnidos de cientos de especies mantienen prácticas homosexuales, y no se trata de una preferencia new age. Sucede que, entre algunas de estas especies, diferenciar al macho de la hembra puede ser muy complicado, y resulta que el individuo gasta menos energía en intentar copular con cualquier cosa que en encontrar a un ejemplar del sexo opuesto.

Tanto es así que las cucarachas macho suelen imitar el comportamiento femenino para que otros machos las monten. Una vez que éstos quedan exhaustos, los primeros tienen la oportunidad de buscar novia sin competencia. No es una práctica ética entre humanos, aunque una buena reversión sería regalar una muñeca inflable al macho alfa de turno.



Por si fuera poca fortuna que la mayoría de los humanos tengamos géneros distinguibles, hay que agradecer que son sólo dos. Los protozoos, en cambio, tienen géneros con docenas de sexos, y la reproducción exige acumular sucesivamente material genético de cada cual. Uno puede imaginarse las dificultades pertinentes de esta interminable recaudación de fondos, más parecida al point-and-click que al porno.

Aún en especies con sólo dos sexos las cosas son más complicadas que para nosotros. Los peces payaso, por ejemplo, forman parejas estables pero con un banco de suplentes: En cada matrimonio hay un macho y una hembra sexualmente activos y otro macho que permanece inactivo a menos que ocurra una de dos cosas: si muere el macho activo, lo reemplaza; si muere la hembra, el macho activo cambia de sexo y el macho extra se vuelve activo. No me digas que no es una solución elegante.

El transgénero por demanda es frecuente en muchas especies, pero en otras directamente no existen los machos. Entre los lagartos cola de látigo (Cnemidophorus), por ejemplo, todos son hembras y simulan el apareamiento entre sí con fines meramente eróticos, dando origen cada una a un clon de sí misma. Más allá de los detalles lésbicos de esta conducta –denominada "telitoquia"–, nótese la ventaja humana de que sólo uno de los individuos involucrados en la búsqueda del placer queda embarazado.

El caso de los caballitos de mar es particularmente embarazoso, porque el que da a luz es el macho.



Otros machos la pasan peor, como el del piojo del libro, que invierte parte de los roles: La hembra introduce una especie de sonda dentro del abdomen del macho, mediante la cual succiona el esperma. Como este acto dura varios días, el órgano femenino se clava al interior del macho mediante unas espinas, y durante todo este tiempo él la provee de alimento. Si intenta se intenta separar, muere.

Hay un caso incluso más extraño: el de las avispas y otros insectos que son atacados por la bacteria Wolbachia, que convierte a los machos en hembras fértiles y hace que las hembras den a luz sin necesidad de un macho. La Wolbachia hace esto porque puede sobrevivir en los óvulos pero no en el esperma. Su estrategia es tan buena que se calcula que ha infectado al 70% de todos los artrópodos. Nada impide que algún día un parásito equivalente ataque al ser humano...

En cualquier caso, la autofecundación implica para el placer el inconveniente de tener que utilizar métodos anticonceptivos para masturbarse. También equivale a no haber estudiado para el examen de la selección natural, porque los clones no tienen ventajas ni desventajas respecto de sus padres frente a los cambios del entorno (sólo es útil en ambientes extremadamente estables).



En cierto modo, los inconvenientes de una especie con dos géneros se justifican a la hora de compartir las obligaciones parentales y –más que nada– hacen que la experiencia sea diferente con cada nuevo compañero sexual, sin mencionar que sirven de control poblacional, ya que todos sabemos lo que pasaría si pudieras autofecundarte cada vez que tus hormonas se salieran de control.

Si bien la progenie es un riesgo siempre presente al intentar satisfacer las necesidades primales, peor es el caso de las liebres y otros roedores, cuyas hembras pueden quedar embarazadas incluso estando ya preñadas. El fenómeno se conoce como superfetación: los nuevos embriones esperan a que nazcan sus hermanos para habitar el útero. Técnicamente, una mujer podría vivir embarazada durante 20 años seguidos, así que más vale que pienses dos veces tu deseo navideño de hacerlo como un conejo.

Al menos los humanos tenemos la opción de abstenernos y hasta podemos casi siempre elegir con quién y cuando entremezclarnos. Opuesto es el caso de las plantas, que requieren intermediarios para reproducirse. Imagínese el lector enviar o recibir una paloma mensajera cargada con semen. Y, para peor, no tener certeza alguna acerca de quién es el remitente o el destinatario.



Algo parecido le pasa a algunas serpientes, que tienen sus órganos reproductores de a pares: dos penes o dos vaginas, lo cual es muy útil en sus rutinas amorosas, que a veces implican orgías de cientos de individuos formando una bola con tentáculos donde cualquier agujero es bueno. Las boas incluso poseen garras –que son vestigios evolutivos de antiguas extremidades– con las que se aferran durante la cópula.



Los caracoles tampoco la tienen fácil. Aunque son hermafroditas, no pueden autofecundarse y necesitan una pareja. Cuando la encuentran, se inseminan mutuamente disparando flechas de calcio que penetran el cuerpo del otro por donde pueden, causando graves heridas. Este ritual dura unas seis horas, y es frecuente que uno o ambos mueran cuando una flecha les atraviesa el cerebro o el corazón.

Así que no te desanimes si te cuesta encontrar pareja o –si ya lo hiciste– dar con el ángulo indicado para el acople sensual de las almas. Hay cosas peores.

Pensemos por ejemplo en los lófidos, una familia de peces muy feos que tienen una caña de pescar pegada a la cabeza para atraer a sus presas: El macho muerde a la hembra inyectándole una enzima que fusiona ambos cuerpos. Él se convierte literalmente en un apéndice: una bolsa de esperma que permanece con la hembra hasta que ésta lo necesita para fertilizar sus huevos. Y más vale que el macho encuentre una hembra rápido, porque nace sin aparato digestivo y depende de ella para vivir, si a eso puede llamarse vida.

Aunque muchos humanos quedan atrapados igual que el lófido, casi siempre tenemos la opción de separarnos del cónyuge después del coito, cuyas ventajas son innumerables, pero las enumeraré:

  1. No tener que esperar a morir para poder tirarse un pedo.

Otro de los problemas que enfrenta un ser humano a la hora de aparearse es que generalmente debe salir de su casa para buscar un cómplice del sexo opuesto. Pero no es el único método en el reino animal: Los percebes y otros moluscos que viven toda la vida pegados a una piedra solucionan este inconveniente gracias a que sus penes son 50 veces más largos que el resto del cuerpo.

En términos humanos, dicha estrategia equivaldría a que un hombre promedio pueda inseminar a cualquier vecina en un radio de 83,5 metros sin moverse de la cama. La moraleja para el lector: el tamaño importa, pero peor es que por un centímetro menos nunca poder tocar a la mujer más cercana. La lectora, por su parte, sabrá comprender las ventajas de poder dormir tranquilamente con la ventana abierta.

Hay varias cosas más por las que las damas deberían estar agradecidas de pertenecer a esta especie. Por ejemplo: el pene de un gorila mide 4 cm. El de los escarabajos posee espinas como anzuelos para evitar que al hembra se escape una vez que fue penetrada. El hipopótamo seduce a su pareja girando su cola como una hélice mientras defeca, esparciendo irresistibles mensajes de amor.



Así que no te quejes si él olvidó tu cumpleaños o se acostó con tu hermana. Podría ser un loro de frente blanca (Amazona albifrons) y demostrarte su amor vomitando dentro de tu boca. O podría ser como el calamar dana (Taningia danae), que no pierde tiempo buscando la vagina de su compañera y simplemente le hace un agujero donde le place e inserta allí el pene con todo su amor. Otras especies de calamar directamente tienen espermatozoides autoperforantes que se abren paso a través de la piel de la afortunada.

Además, llegado el caso de la maternidad, no te desanimes, porque peor es ser un kiwi, cuyos huevos son tan grandes que la hembra directamente no se puede mover durante la última parte de le gestación. El equivalente humano, sin dudas, es parir a un adolescente tras varios años de dulce espera.



Los caballeros, por su lado, podrían sentirse honrados de no ser puercoespines, que, además de las complicaciones obvias, deben seducir a la hembra orinándola desde dos metros de distancia –el que tiene el chorro más largo, gana–. Si fueras una jirafa, deberías beber la orina de tu amada para saber si está de humor para el romanticismo.

Si las mujeres te resultan difíciles de conquistar, deberías compadecerte de los tiburones. Sus hembras son tan indomables que los machos deben abordarlas en grupo y sujetarse a ella con los dientes durante horas hasta dejarla agotada. Recién entonces puede ser que alguno tenga la posibilidad de inseminarla con uno de sus dos penes (por si acaso el otro resulta herido durante la seducción).

Finalmente, si te parece que la competencia con otros machos es demasiado ardua, nunca olvides a los insectos que dejan el semen en pequeñas gotas (espermatóforos) desparramado sobre las plantas, y que las hembras que lo encuentran lo introducen en sus correspondientes cavidades. Pero no sólo es tan aburrido como suena: si un macho encuentra el esperma, se lo debe comer para eliminar la competencia.