Cibermitanios

Diferencias entre el hombre y la mujer

Las estadísticas que nos diferencian, entre otras cosas.
¡Exorciza la ignorancia que te cautiva en la eterna virginidad, patética criatura de vida virtual que de ahora en más apreciarás la paradoja cuando te pregunten por tu "face" mirándote a la cara! Tras meses y kilómetros de femenina piel recorrida, el excelso Profesor Poronguetti, de quien ahora sus palabras agitan tu silencio interior, ha regresado para deleitarte con su sabiduría, la misma que forzó a Dios a crear la pérfida mazana...


Las veces que pensamos en sexo

Las veces que pensamos en sexo
Libidinoso discípulo, abre tu mente para albergar esta sabiduría y protegerla del mundo como el inodoro de Jennifer Lopez atesora su más secreto reflejo: Los cuerpos humanos vienen básicamente en dos modelos, y se requiere la unión de ambos para fabricar un nuevo humano. Uno de los modelos posee dolorosas bolas que generan 10 millones de células reproductoras por día, mientras que el otro apenas produce una cada 28 jornadas. Por esta razón –pensarás, ¡oh, educando de la voluptuosidad!–, sería lógico que los modelos del primer tipo pensaran en sexo 280 millones de veces más que los del segundo. Sin embargo, que los humanos masculinos piensen en sexo todo el día es un mito urbano. Lo hacen más que los femeninos, pero no mucho más: 19 veces en promedio contra 10. Pero el macho también piensa más que la hembra en comer y dormir... En definitiva, piensa más acerca de sus necesidades vitales, que en el caso reproductivo se encuentran estrechamente ligadas a la mencionada cantidad de espermatozoides que tanto esmero energético conlleva crear.



Si tuvieras 10 millones de semillas en la mano, ¿las sembrarías todas en una misma maceta? Y, si fueras la Naturaleza, ¿dejarías al macho cruzado de brazos durante los siguientes nueve meses en que estaría ocupada la maceta, mientras tranquilamente –suponiendo un ritmo tranquilo de 3,703 coitos diarios– podría aportar los genes para 1.000 nuevos humanos? Teniendo en cuenta todo esto, pensar en sexo sólo el doble de las veces no parece tanta diferencia. Los machos, como silos vivientes de la especie, somos, en realidad, extremadamente humildes y soportamos tras heroico silencio la gruesa carga del rol evolutivo que nos ha tocado interpretar. ¡Que no te cohíban las habladurías ígnaras, preciado novicio! Y no dudes, si la deidad así te lo encarga, incluir al menos cien mujeres por cada hombre en tu arca diluvial, incluyendo algunas lesbianas (que pueden transformar la belleza matemática del Ying y Yang, cuyos valores individuales son 34,5, en la igualmente equilibrada complejidad del ménage à trois).


El tiempo que miramos al sexo opuesto

El tiempo que miramos al sexo opuesto
Querido aprendiz de semental, recibe humildemente este otro fragmento cognoscitivo como las radiantes bragas adolescentes de Scarlett Johansson celebraron la inesperada venida de su primer óvulo, potencial clon sacrificado a las profundas fauces del devenir: El hombre promedio pasa 43 minutos diarios mirando al menos a 10 mujeres distintas. Es decir que gasta un 2,98% de su vida haciendo con su vista lo que sus manos no pueden hacer, lo cual no es mucho dedicar a la apreciación de tan deleitosas criaturas. La mujer promedio, en cambio, sólo desperdicia 20 minutos al día en mirar hombres, lo que equivale a un 1,38% de su tiempo vital. No se trata de una gran diferencia si se mira así: cerca de un año de la vida del hombre transcurre mientras observa mujeres, y cerca de seis meses en el caso de éstas. Haber perdido seis o doce meses de una vida no suele ser gran cosa, especialmente teniendo en cuenta que sólo por parpadear en el cine cualquiera, macho o hembra, se pierde unos 15 minutos completos de cada película (a menos que sea una tortuga o un hámster, en cuyo caso podría parpadear independientemente con cada ojo pero no podría pagar la entrada al cine). Así que, piensa y dime, pretenciosa oruga que aspira a desplegar sus alas para darle orgasmos a las flores, ¿qué es lo que vale la pena mirar en esta sala 3D de la vida, si al final probablemente la felicidad te la dará una persona del sexo opuesto (o dos, si te favorecen los dioses con una relación abierta o te ha tocado la fortuna de ser acreedor de una PorongCard Gold con descuentos especiales en sex-shops y entradas 2x1 en el Reino de las Sábanas)?

Eso, en cuanto a quienes miran. Pero -si confiamos en las estadísticas- sólo el 9% de las mujeres se sienten cómodas al ser observadas por un hombre, mientras que el porcentaje de ellos que se alegra de lo equivalente es de 19. Una vez más hablamos del doble, aunque ahora la diferencia es más significativa: el punto es que si ambos géneros de la especie se mirasen por igual, las mujeres seguirían sintiéndose mal al ser observadas, y eso es lo que realmente critican cuando manchan tu nombre con el adjetivo de "baboso". ¿Debería el hombre mirar aún más mujeres para diluir el tiempo que el punto de fuga de su alma coincide con cada ejemplar y así evitar que el mismo se fatigue de su atención? ¿O preferiría acaso la mujer que sólo un hombre la mire fijamente durante un año seguido, que es el tiempo que debe invertir en la mencionada actividad? ¿Indiferencia o acoso? Quedará como trabajo de campo elucubrar una respuesta personal y equilibrada, o acaso velar por una pregunta mejor. Pero, pase lo que pase, ¡no parpadees, que aguarda más sabiduría en las siguientes líneas!


Lo que tardamos en enamorarnos

Lo que tardamos en enamorarnos
Finalmente, afortunado receptáculo de mi viril experiencia y profunda rectitud todopenetrante que comenzaste esta lección confundido como una mosca bizca, acepta este consejo que te colmará de sensual sabiduría: El hombre y la mujer difieren en presteza, no sólo en la que respecta a los momentos anteriores y posteriores al coito (que como ya sabemos no son más que largos juegos previos que sin son muy largo se llaman "abstinencia"), sino también en la velocidad referente a idealizar a un espécimen del sexo opuesto: los varones tardan en decidir morir junto a una dama en particular 8,2 segundos, y con dicha veloz entrega compensan los seis meses de miradas extra y las 457 mil 710 veces que han pensado o pensarán en sexo a lo largo de sus vidas, que promedian los 66 años. Este es el tiempo –dice un estudio– tras el cual una mirada sostenida implica que el amor a primera vista se aproxima. En cambio, si luego de 4,5 segundos el varón deja de mirar a la mujer, ella puede apostar a que él no está realmente interesado. Por otro lado –continúa el estudio–, las mujeres no revelan correlación entre el tiempo que regalan mirando a un desconocido y la intensidad de la revolución que éste causa en sus hormonas.

Dicho de otro modo: los hombres no cuentan con el entrenamiento milenario de ficción olímpica de orgasmos y ascética contemplación de vitrinas de zapatos que las mujeres heredaron de sus injustamente oprimidos ancestros; y digo como representante del Yang de nuestra especie cuyo punto blanco trata siempre de insertarse en el orificio negro de su Yin con la totalidad naturalidad del Tao: no podemos los hombres con facilidad ni en demasía fingir nuestros gustos ni disimular los disgustos de nuestro ser como podría, si quisiera, una mujer; y ellas, por su parte, no ordenan sus prioridades visuales de acuerdo a la todopoderosa fuerza fundamental a la que todos debemos la exquisita vida por igual, excepto aquellos de vosotros, lectores del futuro, que hayan surgido a la existencia por inorgásmica clonación. Pero no todo está perdido en la inextricable pupila femenina... Repasemos la antigua lección que yo mismo he obsequiado y recordemos que el complejo lenguaje de la mirada femenina sólo amerita un poco más de estudio que el masculino mirar: la mujer parpadea un 32% más cuando observa a un hombre que le gusta. Y ese es todo el secreto para saber dónde invertir nuestro preciado tiempo y volcar nuestro invaluable código genético mediante cualquiera de las posturas del sagrado Cibersūtra.

Y pronunciado esto me despido de ustedes hasta mi próxima aparición, que siempre es al sediento de saber como a la frígida descubrir que puede tener orgasmos múltiples. Por los siglos de los siglos, amen. Es decir, hagan el amor.