Cibermitanios

Algunos secretos científicos las mujeres y el acto amoroso

Y la infructuosa empresa de intentar volver al agujero por donde vinimos.
Hace años tuve una experiencia trascendental: de pronto, toda mi vida parecía acabar. Sentí ser atraído por una luz al final de un túnel. Pero el túnel era demasiado estrecho, y entonces volví y nací por cesárea. Soy el Profesor Poronguetti, y he venido a este mundo mediante un acto sexual para irme del mismo modo, no sin antes guiarte hacia la liberación del primer chakrá, que abre las puertas de la orgía celestial.


Todos somos mujeres


Según las sacrosantas escrituras, Dios creó a la mujer para que el hombre no estuviera en soledad. Entonces, el hombre creó la ciencia para entender a la mujer. Y esto tomó algunos milenios. Finalmente, la ciencia engendró conocimientos que hoy te serán revelados por este humilde ángel de la morbosidad cósmica y que te llevarán, sin importar tu género, hacia una mejor experiencia sexual.

La primera revelación científica, oh, libidinosos discípulos, contradice el orden bíblico de los géneros. Por supuesto, en este tercer milenio, a nadie le va a extrañar que las escrituras tengan cierto grado metafórico, como la Constitución Nacional, y que posiblemente no reflejen la realidad. Pero la verdad científicamente extraída del interior de la mujer es mucho más asombrosa que una simple refutación: si bien varones y mujeres tenemos diferentes cromosomas que dictan nuestro género desde el primer instante, durante los primeros dos meses de gestación todos tenemos circuitos neuronales femeninos, es decir, todos tenemos cerebros de mujer.

Recién cerca de la octava semana de existencia, aquellos destinados a ser machos de la especie entran en una verdadera metamorfosis química. Generan grandes cantidades de testosterona que modifican radicalmente los circuitos neuronales, transformándolos de femeninos a masculinos.

Al momento de nacer, las mujeres conservan su cerebro "por defecto" (obviamente más desarrollado), mientras que los hombres han modificado el suyo para cubrir otras necesidades. Por ejemplo, la zona destinada a los impulsos sexuales duplica su tamaño con respecto a otras zonas. También ocupa más espacio en los hombres la zona cerebral destinada a la agresividad, mientras que en el cerebro femenino hay más lugar para la empatía, las flores y todos los animales a los que se les pueda poner un moño, quieran o no.



Pese a todo, el destino no está escrito; sólo ha asignado una cierta cantidad de páginas para cada capítulo. La experiencia, más tarde, es la que completa la autobiografía poniendo el énfasis en diferentes partes, a veces escribiendo con tanta fuerza que se termina quebrando la muñeca.

Pero la tendencia es que el hombre se especialice en buscar mujeres atractivas, mientras que la mujer en ejercer la atracción sexual. Ambas habilidades se desarrollan en la pubertad mediante otra metamorfosis hormonal, opuesta pero de igual intensidad en cada género.

Toda esa revolución ocurre sobre un cerebro estándar, esencialmente femenino. Somos básicamente idénticos, creados a partir del mismo molde pero más tarde separados en dos modelos -uno clásico y otro grotesco- por una sencilla instrucción química; así, la naturaleza nos separa por un tiempo para luego volver a emparejarnos, procedimiento que a escala evolutiva es equivalente "agitar antes de usar", y que es muy divertido.


Los gemidos femeninos suelen ser falsos


Afina tu oído ahora y de ahora en más, venerable explorador venéreo, para recibir más inestimables secretos del esotérico lenguaje de la naturaleza y otra de las especialidades del cerebro desarrollado de la mujer: la manipulación.

Por un lado, los gemidos son naturales sombras del placer, pero también -y dado que la mujer es al igual que el hombre un primate bastante inteligente y refinado- son una fuerza que ella usa deliberadamente y estructurada alrededor de tres grandes estrategias sólo divulgadas en los más exclusivos simposios femeninos que se llevan a cabo cada vez que las mujeres van juntas al baño:

1) Si bien muchos gemidos son auténticas expresiones de éxtasis que el alma no sabe esconder, las estadísticas manifiestan que el 25% de las damas hace uso consciente de este lenguaje para manipular guiar a su pareja por el buen camino durante el acto amoroso. La Gran Sexiclopedia Femenina de los Gemidos Secretos consta de tres entradas:
  • ah Bien.
  • mmm Casi.
  • [silencio] Mal.

A partir de este vocabulario que funciona cual riendas y espuelas, hay que tener en cuenta sus dos estrategias modificadoras:

2) Más del 90% de las mujeres usan gemidos y palabras no tanto para expresarse sino para hacer sentir bien a su compañero carnal, cual tribuna unipersonal antes del gol que definirá la copa del mundo. Sin embargo, como en todo lo femenino, los sí y los no andan mezclados: si ella no gime, puede ser que esté disfrutando y no quiera excitarlo demasiado para que no patee antes de tiempo. Pero también puede ser una señal de pobre desempeño de su parte. Es imposible discernir cuál es cada caso, a menos que se usen preservativos lubricados con pentotal sódico (también conocido como "suero de la verdad"), cuya estructura química indudablemente asemeja a una mujer en posición erótica que vierte verdades por la cabeza.

3) Conocida como "Operación acabar sin acabar", esta milenaria táctica mantenida en el más riguroso secreto se basa en un uso particular de los gemidos: cuando ellas, en pleno acto sexual, entienden que su pareja no las conducirá a un orgasmo sin importar cuánto se esmere (nombre en código: the cake is a lie), lo cual ocurre el 50% de las veces, intensifican las vocalizaciones para acelerar el proceso del macho y derrotar la agonía lo antes posible. El 80% de las mujeres hace esto en alguna oportunidad. El procedimiento suele ser sucedido por un orgasmo fingido y una expresión facial de satisfacción aceptable y liberadora de culpas.


El semen prolonga la vida de la mujer


Sí, y estoy considerando seriamente cambiarme el nombre a Prolonguetti. Por increíble que suene -yo tampoco me trago cualquier cosa-, un estudio descubrió que el semen tiene propiedades antidepresivas: las mujeres que no usan preservativos mientras hacen el amor tienen un mejor estado anímico y son menos propensas al suicidio -comparadas con aquellas que hacen el amor regularmente con esta protección o que no tienen una vida sexual activa o que tienen un novio que funciona a baterías-. Por lo dicho y como cabe imaginar, gozan de mejor salud general que las mujeres deprimidas o suicidadas.

Los hechos son que, como ya vimos, el semen tiene grandes cantidades de nutrientes, pero también es un poderoso cóctel de hormonas, incluyendo testosterona, estrógeno, prolactina, lutropina y prostaglandina, que son absorbidas por las paredes internas de la vagina. Algunas de estas hormonas se pueden detectar en la sangre un par de horas después del acto y se sabe que tienen varios beneficios: desde mejorar el humor y regular la presión arterial hasta frenar el envejecimiento y proteger el desarrollo de las neuronas.

Incluso parece que estas mujeres acostumbradas a cabalgar sin montura muestran un síndrome de abstinencia mucho mayor que lo normal cuando no lo hacen por un tiempo, presumiblemente debido a que estas sustancias pueden incluso llegar a generar dependencia, ya que son químicos que alteran el estado de ánimo, como Dmitri Mendeléyev, inventor de la tabla periódica.

Los resultados del estudio fueron consistentes en las 700 mujeres que participaron en él, y se ha descartado que se trate simplemente de "adictas al sexo", ya que las del grupo analizado que lo hacían con mayor precaución y con la misma regularidad no mostraban los efectos negativos al dejarlo.

La moraleja es obvia, pero no la voy a decir ~• ~• ~•


Las mujeres tienen casi tantos pensamientos sexuales como los hombres


Sin ceder ante las viles amenazas de la mafia de los mitos urbanos, revelaré heroicamente la verdad: los hombres no pensamos en "eso" todo el día. El promedio científicamente comprobado es de 19 pensamientos sexuales diarios. Por supuesto, hay una excepción natural que ocurre en verano y cerca de los polos, donde los días son tan largos (seis meses) que elevan el promedio a 3.420 pensamientos, sin contar los que puedan ocurrir durante su noche/invierno de similar duración. En mi caso, puedo afirmar que por día no supero los 19 pensamientos sexuales, aproximadamente de una hora cada uno.

La investigación que determina este promedio también encontró que las mujeres piensan en ello diez veces por día. Entonces, amigos de la verdad y la lujuria, debemos admitir que una parte del mito es cierta: el hombre tiene más pensamientos eróticos que la mujer. Sin embargo, no es lo único que tiene en la cabeza...

Lo que sucede en realidad -y lo juro por los calzoncillos de Brad Pitt- es que los hombres piensan más que las mujeres, y voy a aclarar esto de inmediato para que a ningún paranoico se le caiga el punto antes de que termine la oración: así como el hombre tiene casi el doble de pensamientos sensuales que la mujer, también la aventaja en pensamientos sobre comer (18 y 15 pensamientos diarios, respectivamente) y en pensamientos sobre dormir (11 contra 8) -todo según el mismo estudio-. Pensar más veces en cosas agradables, por supuesto, no significa pensar mejor, pero es extraño que se reproche este exceso de pensamientos sexuales y no el de gastronómicos o letárgicos o relativos a otras necesidades fisiológicas, como examinar visualmente el radio de distribución adiposa entre el torso y al caderas de las transeúntes para asegurar que la Humanidad está saludable.

Freud probablemente diría acerca de esto que en la psique masculina hay una mayor manifestación del Ello, dirigido por la libido hacia la satisfacción inmediata del placer, mientras que la mujer reprime estos instintos vitales sin los cuales ninguno de nosotros existiría, con excepción de los lectores que han sido clonados y quizá ni siquiera lo sepan.

El problema, quizá, es que en el caso que nos compete la persona es el objeto del pensamiento y del deseo, y, si bien a todos nos gusta que piensen en nosotros y nos deseen, a nadie le gusta ser un objeto, presumiblemente comparable a una cama o a un plato de comida. Es una paradoja puramente psicológica, claro, porque ser un sujeto en lugar de un objeto no viene con los órganos sexuales que nos hayan tocado (o habría que admitir que simplemente somos objetos de diferente género). Somos sujetos por nuestros pensamientos y actos individuales. Y por eso, a pesar de que todos tenemos pulmones y piel y cerebro y hambre, lo que nos identifica como sujetos son las diferencias.

Y he aquí una revelación divina que tuve una vez en una orgía un seminario tántrico: la principal diferencia entre el hombre y la mujer es que son distintos: uno es hombre y el otro es mujer, y sus mentes no pueden imaginar cómo piensa el otro. Como en todo, el solo hecho de ser diferentes nos hace criticar al otro en favor de la integridad de nuestra identidad, pero alejándonos infantilmente de la realidad. Es un mecanismo de defensa absurdo; las mujeres piensan mucho más veces que los hombres -si se me perdona el ejemplo generalizado, oh, divinas aprendices de geisha- en zapatos, y sin embargo esta diferencia no tiene ninguna importancia, a pesar de que indudablemente es mucho más interesante mirar personas fornicando en una pantalla que zapatos detrás de un cristal.

Eso es todo por hoy; hace mucho frío aquí, en el polo...