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El concepto de "evolución de las especies"

Lo que tienen en común los seres vivos y los idiomas.
Gracias a la encuesta que estuve haciendo en Facebook (y gracias a todos los que colaboraron), pude entender que el principal problema de quienes tienen dudas sobre la evolución de las especies no es una cuestión de conflicto fe/evidencias; el problema es que no la comprenden a nivel conceptual, no captan la idea básica del término "evolución", que tiene un sentido lógico aunque no existieran pruebas a su favor...

Claramente, los idiomas español e italiano derivan del latín. No es que el latín haya por sí mismo creado en un día dos nuevos idiomas. Los tres son aspectos de una misma cosa. La gente que hablaba latín fue dispersándose y sus lenguas fueron cambiando. Con el tiempo, unos terminaron hablando italiano y otros español, así como otros siguieron usando el latín. Y lo de "terminaron" es sólo una forma de hablar –como si el presente fuera el último de los días posibles–, ya que en realidad ni el español ni el italiano están terminados, sino que siguen en proceso de cambio constante.

Podemos clasificar efectivamente los idiomas únicamente en un contexto temporal concreto. En retrospectiva y con una visión muy amplia, es clara la diferencia entre latín, italiano y español, pero no lo era en aquella época más que hoy lo son las que hay entre el español que se habla en España, en México y en Argentina; nadie hubiese adivinado que estaban "naciendo" dos nuevos idiomas. Y aún cuando hoy podemos observar diferencias enormes entre el habla de Argentina, México y España, seguimos llamando a las tres "español" porque sus hablantes aún son capaces de comunicarse entre sí. En cambio, ya no podemos decir que español, latín e italiano son el mismo idioma, lógicamente, porque si yo estuviera escribiendo en latín seguramente no me entenderías (aunque te darías cuenta de que algo ha cambiado sustancialmente: ad astra per aspera).

La mayoría de los cambios de un lenguaje son muy lentos y con relaciones demasiado complejas como para poder decir en el instante en que ocurren cosas como: "Acaba de nacer el idioma paraguayo". Los cambios son paulatinos y difusos, y sólo cuando se alcanza cierta incompatibilidad entre dos versiones de una misma lengua que ha cambiado en sentidos diferentes podemos llamarlas idiomas. Quizá cuando ningún otro hispanoparlante pueda entender a los paraguayos, pero ellos sigan entendiéndose entre sí, podremos decir que tienen un idioma propio, aún sin saber en qué momento exacto ocurrió "el cambio" (porque no se trataría de un cambio, sino de muchos, muchísimos pequeños cambios, a lo largo de mucho tiempo y entre muchísimas personas que ni siquiera se conocen entre sí).

Del mismo modo debe entenderse que tanto el Hombre como el chimpancé derivan de una especie en común, un latín biológico ya extinto. Y que no hubo, sin embargo, una bestia peluda que diera a luz un hombre hecho y derecho, sino que toda esa especie ancestral fue cambiando hasta "terminar" siendo lo que es hoy. Los individuos cambiaron, se mezclaron; algunos cambios predominaron, algunos miembros se alejaron del grupo original creando otro, cargando sus modificaciones y transmitiéndolas a los nuevos ejemplares de ese grupo, y así, hasta que al fin ya no hubo compatibilidad entre este grupo y el original. Los genes en común de los individuos de ambos grupos ya no eran compatibles (y probablemente tampoco sus lenguajes). Igual que antes, no se trata de "un" cambio, sino de muchísimos, pero con un efecto conjunto concreto: la incompatibilidad sexual entre el grupo original y sus derivados.

Hoy, dentro de la especie humana, podemos distinguir claramente diferencias entre grupos de individuos. De hecho, probablemente adivinaríamos de entre tres personas cuál es rusa, cuál china y cuál africana sin necesidad de oírlas hablar. Pero no negaríamos que las tres son humanas (y, para comprobarlo, basta con googlear "sexo interracial"). Sin embargo, sí podemos decir que los chimpancés no son humanos, por varios motivos. Porque no nos entienden y (menos evidente) porque no los entendemos; y fundamentalmente porque no son sexualmente compatibles con nosotros. Podemos, de hecho, intentar comprobarlo empíricamente, aunque no lo recomiendo, principalmente porque aunque se logre llevar a cabo el acto romántico, los genes de ambos individuos tendrán tan poco en común como los idiomas chino y ruso y no lograrán intercambiar información para crear un ser coherente.

Así también, los chinos y los rusos pueden ser muy parecidos a nivel morfológico, pero algunas de sus características pueden ser muy diferentes, como el idioma y los genes que durante la gestación determinan el color del cabello. Afortunadamente, sus genes esenciales, aquellos necesarios para la propagación de la vida, siguen siendo compatibles. Un ruso y una china serían suficientes para que el Homo sapiens siga existiendo como especie, y la prueba lógica está en que hay muchos chinos y rusos que han engendrado hijos a los que seguimos llamando "humanos".

Las otras formas de vida animal también se parecen, a nivel biológico, a los chinos y a los rusos: tienen células, comen, se reproducen, etcétera; pero no todos estos animales tienen células que cumplan con las mismas funciones, ni comen lo mismo o se reproducen de la misma forma. Algunas de sus características son completamente incompatibles entre sí, y, de éstas, la más importante es la reproducción, ya que, si bien un ser humano chino puede aparearse y engendrar otro individuo exitosamente con un ser humano ruso -o un vegetariano con un omnívoro-, es imposible que un zorro se reproduzca con una gallina; sus instintos alimenticios son incompatibles, sus órganos sexuales son incompatibles, y, por fin, sus códigos genéticos son incompatibles. Aquí, finalmente, podemos hablar de especies: cuando hablamos de genes, que son las palabras que usan las formas de vida para transmitirse sus características biológicas a través de un idioma en común, el genoma.

El zorro y la gallina son dos especies, y todas las especies son bastante incompatibles entre sí. Y así como hay humanos chinos y humanos rusos, hay zorros pardos y zorros blancos; son de la misma especie y pueden aparearse con éxito reproductivo. Aunque podría ocurrir, hipotéticamente, que dentro de unos millones de años los zorros hayan cambiado tanto que se parezcan y sean genéticamente idénticos a las gallinas; en ese instante podríamos decir sin lugar a dudas que, aunque hayan llegado por caminos evolutivos completamente distintos, son la misma especie. Eso explicaría la evolución al revés.

Volviendo a los idiomas, es claro qué fue lo que pasó: del latín salieron el italiano y el español. Hay otra posible explicación que involucra una torre y una ciudad llamada Babel, pero, ¿cuál es más convincente?, ¿cuál tiene más evidencias a su favor? Supondré que estamos de acuerdo. Y, si no, al menos seguramente concordaremos en que la torre de Babel se parece a la enroscada doble hélice del ADN, tomando individuos de un mismo grupo y volviéndolos diferentes, como una metáfora del cambio grupal a gran escala temporal (evolución).

La misma lógica se aplica a los cambios en las especies. Los peludos antepasados en común entre humanos y chimpancés no desaparecieron de un día para otro, así como el latín aún se rehúsa a morir sin dejar su huella en otros idiomas, sino que se transformaron gradualmente mientras unos individuos nacían y otros morían, año tras año, siglo tras siglo, como hoy los regionalismos lingüísticos surgen aquí y caen en desuso allá, haciendo que el idioma sea una sopa burbujeante de códigos que nunca se termina de cocinar, como las especies.

Hoy, somos humanos. También lo éramos hace unos siglos, cuando no existían mestizos ni mulatos ni zambos. Y también lo seremos mañana, cuanto más y más se mezclen nuestras características, porque seremos más y más compatibles, tendremos más genes en común. O quizá nos separemos, como he imaginado en una ocasión, yendo un grupo de colonizadores a Marte y evolucionando por su cuenta, perdiendo parecido genético con la Humanidad original hasta ser sexualmente incompatibles con ella. Entonces podríamos llamarlos "marcianos", pero ninguno de ellos negaría, contando con suficientes evidencias y capacidad de razonamiento, que sus antepasados fueron unas estúpidas criaturas llamadas "terrícolas".

Todo lo que acabo de contar corresponde con un concepto muy simple sobre el que era necesario reflexionar antes de abordar el de la evolución, y que por alguna razón extraña se suele pasar por alto: es el concepto de diversificación.

Ahora sí: en el próximo post, trataré de contestar las preguntas más puntuales que han errado a este blanco conceptual básico, flechas que uno puede encontrar clavadas en la tierra, y frecuentemente sobre mudos cráneos, que, sin saber bien por qué, los arqueros parecen haber disparado hacia arriba.