Cibermitanios

Neptuno orbitando la Tierra

El último planeta del Sistema Solar, descubierto gracias a predicciones matemáticas, es el símbolo de un triunfo de la ciencia sobre la locura humana.
Ahora preparemos un heterogéneo equipaje porque vamos al planeta de los extremos; extremadamente no sólo lejano sino también contradictorio, en Neptuno termina esta audición de candidatos para reemplazar a la Luna en su órbita tan familiar. Lógicamente, las certezas disminuyen con la distancia y se abre paso la metáfora, que nunca viene mal para un último capítulo de una historia que mezcla ficción y realidad...


Holst, Los planetas, Neptuno, el místico.


Neptuno en lugar de la Luna

Si hay algo en el Sistema Solar que merezca ser llamado planeta azul, es Neptuno. Con el intenso añil de las profundidades oceánicas que para los romanos gobernara el dios del mismo nombre, Poseidón entre los griegos, el inmenso e indiviso mar de Neptuno es mucho más revoltoso que cualquier tempestad de nuestra mitología. Allí silban y rugen vientos mucho más feroces que en cualquier otro miembro de la familia solar, a miles de kilómetros por hora. Y aunque fuera posible construir un navío capaz de resistirlos, se hundiría éste como un yunque en ese mar donde el agua supera los dos mil grados y a pesar de todo se mantiene fluida por la cúpula de hidrógeno que lo envuelve y aplasta todo, con cien millones de veces el peso de nuestra atmósfera, y que se degrada lentamente hacia afuera hasta alcanzar los -200º C en la superficie.

Por debajo del mar intermedio, el gradiente sigue en dirección opuesta pasando por hielo, roca, hierro y diamante hacia los 7.000 dígitos de la escala Celsius, sin envidiarle un solo grado a la superficie del Sol. Un verdadero arco iris de temperaturas curvado por su propio peso es Neptuno, el último planeta del Sistema Solar.

Pese a todo, prevalece de Neptuno su frialdad y, trasplantado a la órbita lunar pero conservando su características relativas, sería un satélite opuesto al que fuera Júpiter, helándonos al robar el calor de la Tierra, especialmente al interponer su voluminoso cuerpo entre nosotros y la radiación solar.

NeptunoDe las profundidades de Neptuno sabemos poco y veríamos nada aún en la más serena noche, pero en su rostro visible podríamos notar una oscura tormenta sobresaliendo de la inclemencia global con un tamaño que igualaría a la sombra de la Tierra proyectada en él, retorciéndose a 2.000 km/h más que el más violento tornado jamás medido. Eventualmente, y sin advertir ni consultar a los astrónomos, el ciclón desaparecería para reaparecer en otro lado cuando su desconocida mecánica lo decidiese.

Con esta enorme mancha, el ciclópeo mundo azulino mantiene vigilado al mayor de sus satélites, llamado con justicia mitológica y genealógica sensatez Tritón, como el hijo de Neptuno encargado de apaciguar las rebeldes crestas del mar, que no por esta misión carece de fuerte temperamento. De hecho, en nada se entiende Tritón con el resto de las estériles y pacíficas lunas de nuestro recorrido; es más bien como un infierno gélido, más frío incluso que Urano, ganándose el más frío lugar del Sistema Solar y confinado entre enérgicas explosiones ecuatoriales de agua helada, que escapando de la radiación del núcleo alcanzan los ocho mil metros de altitud para huir luego hacia el fondo de los cráteres donde se congela bajo una eterna nevada de amoníaco, y los polos, del otro lado de la esfera, aún más fríos, cubiertos de una mezcla de nitrógeno e hidrocarburos que logran esa extraña paleta para un satélite, color melón.

Los austeros anillos de Neptuno apenas interferirían con la observación de su atmósfera, salvo por tres extraños arcos luminosos en uno de ellos bautizados como Liberté, Égalité y Fraternité que, en su afortunada ubicación real, si algún día el Hombre debiese traspasar aquél umbral para abandonar la Tierra sin olvidar lo esencial, recordarían el lema como un digno adiós del último orbe de este modesto viaje astral.


Mercurio

Venus

Marte

Júpiter

Saturno

Urano

Neptuno