Cibermitanios

El sabor del agua

Tanto el oxígeno como el hidrógeno que conforman el agua deben saber bastante raros en la boca...
Nuestra percepción del universo no sólo puede ser errónea, como vimos en este blog muchas veces, sino que es también increíblemente egoísta, en algún extraño sentido: deja fuera de nuestro conocimiento una enorme cantidad de posibles interpretaciones del universo, tanto o más certeras que aquellas que menos ponemos en tela de juicio, como la idea de que el agua es incolora, inodora e insípida...


El agua es insípida. Lo sabemos todos. Al menos todos los seres humanos. Porque no es como si hubiera una ley de la física que obligue a cierta combinación de átomos a carecer de una propiedad que casi todo lo demás tiene. Y porque tanto el oxígeno como el hidrógeno deben saber bastante raros en la boca. Y es que, obviamente, el agua es esencial para nosotros. Cualquier sabor innecesario que le detectemos, así como una fragancia extra o un color imprevisto, nos desatará una duda acerca de su potabilidad. El sabor a nada nos dice: "esto es bueno" (aunque estoy seguro de que el agua no tiene el mismo sabor que la nada, o que el aire o la saliva que constantemente saboreamos y tampoco distinguimos).

Para nosotros, "agua" es el sabor estándar de la naturaleza, del universo entero. Así de subjetivos somos. Nunca sabremos –si por torpeza llegamos a preguntarlo– cuál es el verdadero sabor del agua, entendiendo como verdadera cualquier cosa que no sea nada. La verdad, justamente, es que el agua es insípida en la misma medida en que lo es el resto de las cosas. Nada tiene un sabor verdadero; el agua sólo tiene una composición química que en la más refinada teoría universal consensuada por todas las civilizaciones inteligentes del universo, y hasta quizás incluyéndonos a nosotros, tendría sabor a dos partes de hidrógeno y una de oxígeno, combinación que para nuestro paladar es la nada misma, la sabrosa nada líquida. Pero poco imaginamos de la sensación de sabor del agua en la mente de un perro, o de una hormiga, o de un ser de otra galaxia.

Y también el aire más puro que podamos imaginar, incluso despojado de toda fragancia que notifique de un bosque o de un mar o de un caballo que acaba de pasar, es olor a aire sólo para nosotros en esta insignificante porción de la realidad. El aire puro de Venus indudablemente nos parecería desagradable (y luego nos aniquilaría), porque no existe el aire puro. Sólo en esta mezcla perfecta de nitrógeno (78%) y oxígeno (21%), sin partículas extrañas y gracias también a nuestra pobre capacidad olfativa, encontramos la inodoridad, pese a que tal cosa no existe salvo en el vacío (e, incluso allí, tendríamos una pequeña posibilidad de oler el olor de nuestra propia nariz).

Otro tanto pasa con el color, aunque es un caso aparte ya que corresponde con una escala natural: lo frío es negro; la materia es negra cuando no emana ni refleja energía. Y la energía, en su máxima expresión, es blanca, mucho más blanca que eso que llamamos blanco, mucho más allá del brillo que produce ceguera. Sin embargo, nuestros ojos han evolucionado para percibir como incoloro no lo negro, que es lo que realmente no tiene color, sino lo que llamamos transparente, que es una propiedad bien distinta y que nuevamente depende de la naturaleza de nuestros sentidos tan particulares bajo un firmamento de infinitas estrellas. Pero así como el cristal más fino, el aire tiene un color y mucho más lo tiene el agua. Es en ambos casos un color sutil a nuestra existencia: no necesitamos verlo, y, lo que es más, necesitamos no verlo. Una vista tan aguda que permita ver el aire sería un despropósito. Sin embargo, bien podemos ver el "aire" de otros planetas cuyas atmósferas son más densas, y bien que podría un extraterrestre forjado por el mismo golpe que su cuna ver en nuestra atmósfera un caótico y surrealista mar jupiteriano. Para nosotros y sólo para nosotros, este y sólo este aire es transparente, incoloro. ¿Un poco subjetivo, no?

Ni pensemos cuando se trata de otras apreciaciones propias de la especie, con no sólo límites biológicos sino también impurezas culturales, como la belleza, la bondad y la inteligencia, tan elevadas para nosotros que alegremente las proclamamos Virtudes, título que ni al agua le damos, ni al aire ni a la temperatura "ideal".

Quizá lo más importante para nuestra existencia nos resulte imperceptible, con sensación de nada, como prácticamente lo son el aire y el agua, a pesar de ser vitales. Quizá algo cuya trascendencia dictamine por completo nuestra cualidad de existir lo impregne todo. ¿Por qué descartarlo tan pronto, si acabamos de aparecer en el cosmos y no sabemos nada del agua, que nos mantiene aparecidos? Si algo así de absoluto y esencial existe y te apetece divinizarlo, me parece sensato; pero no lo describas, porque acabas de admitir que lo ignoras por completo.

Y si, en un plano más modesto y propio de quien sabe que ignora, alguien te desvirtúa llamándote "fea", malo" o "idiota ", ¿qué valor verdadero u objetivo podrías darle esa opinión, cuando su emisor apenas sabe qué sabor tiene el agua o qué tan bella es, o cómo huele un planeta hermoso, y si ni siquiera puede percibirse a sí mismo? No sabemos nada, y eso es maravilloso. Miro mi alrededor, huelo, toco, ¡pienso! y todo es único y de una manera única. No puede haber algo más maravilloso en el universo que algo que es doblemente único.