Cibermitanios

La Navaja de Ockham y el Principio de Hanlon

Las armas que todo pensador debe llevar en el bolsillo.
Había un hombre –un traficante, para ser más preciso– que cruzaba todos los días de un lado al otro del muro de Berlín llevando un enorme saco de arena sobre su bicicleta. Y, por supuesto, todos los días era detenido por las autoridades, quienes rompían el saco y revolvían minuciosamente el contenido. Pese a los rigurosos allanamientos, nunca pudieron encontrar nada. Entonces, ¿qué traficaba este hombre?

La respuesta es simple y estuvo siempre a la vista: traficaba bicicletas.

Esta estrategia digna de La carta robada de Poe, donde las cosas se esconden a simple vista, es conocida desde la guerra de Troya y, no obstante, seguimos cayendo en ella porque apela a lo más bajo de la estupidez humana, que es también lo más elevado de su inteligencia.

Por naturaleza, nuestras mentes están siempre al borde de la esquizofrenia, tratando de ver más allá de lo inmediato, de lo explícito y de lo presente. Y eso no está mal: es una cualidad necesaria para la ciencia, la filosofía, el arte y la mera supervivencia, pero también lo es lo opuesto.

Algunos creerán que estoy siendo ambiguo. Bueno... sí y no. Depende...


La navaja de Ockham


La Navaja de Ockham es un axioma que sirve como guía para la solución de problemas, como el de la historia citada. Se resume así: La explicación más sencilla suele ser la correcta. Esto se amplía razonando que, si algo puede explicarse sin añadir suposiciones al argumento, no es necesario hacerlo.

¿Qué significa esto exactamente?

EvidentePodría parecer lógico especular acerca del contenido oculto de una bolsa, pero la navaja de Ockham nos dirá que miremos primero lo evidente: tenemos un hombre, un saco y una bicicleta. No hay necesidad, a priori, de abrir el saco para buscar cosas ocultas. Esto es evidente.

Más evidente hubiese resultado la función de la navaja de Ockham si el traficante, además de lo mencionado, hubiese ido desnudo y llevara cada día de la semana un globo de distinto color en la mano. Probablemente hubiésemos introducido ese detalle en la explicación, obteniendo quizá una teoría innecesaria acerca de la construcción de una playa por parte de una sociedad secreta de payasos nudistas.

Seguramente esa explicación, con payasos y todo, se hubiese ajustado mejor al caso, justamente por ser más compleja, más específica. Pero digamos que un día cualquiera el traficante aparece con una banana en lugar de un globo. Toda la teoría debería ser reajustada para incluir el nuevo elemento y aquello que lo justifique. Etcétera.

Ante un cambio semejante en el escenario, lo que en realidad conviene es simplificar la teoría, para que así pueda explicar el suceso sin importar si el sujeto lleva arena, bananas o elefantes o si va desnudo o cantando en japonés. Al buscar explicaciones de la física esto es aún más evidente: lo que en cada caso particular de infinitos posibles hubiera demandado infinitas complejas ecuaciones, un hombre lo redujo todo a "E = m.c2".



Las explicaciones complejas, específicas, se aplican bien sólo a casos muy particulares, es decir, cosas que pasan muy rara vez, como el avistamiento de un objeto volador no identificado. Uno de estos casos no requiere teorizar acerca de la presencia oculta de extraterrestres ni imaginar conspiraciones mundiales mientras que el fenómeno no escape a causas ya conocidas, como el clima, la tecnología humana, las ilusiones ópticas o la simple estupidez (profundizaré sobre esta última más abajo).

Toda asunción que se introduce en una teoría trae con ella posibilidades de error. Aunque es perfectamente válido asumir que existen seres extraterrestres, la observación de un disco en el cielo no requiere dicha asunción (a menos que tuviésemos evidencias de que sólo los alienígenas pueden producir discos, pero, no siendo así, no necesitamos semejante probabilidad de error en nuestra teoría)...

PrevistoLa teoría más simple funciona mejor en cuanto uno quiere usarla para predecir sucesos futuros, que es exactamente lo que se espera de una teoría. Pero no hay que llevarla al absurdo. Hay dos extremos que la navaja de Ockham no debe tocar...

Uno lo advirtió bien Einstein cuando dijo que una explicación debe ser tan simple como sea posible, pero no más simple.

¿O sea?

Supongamos que contrato a dos científicos para que hagan independientemente un trabajo para mí: determinar si la temperatura de una habitación es constante (lo cual es muy importante porque allí guardaré mis prototipos de virus zombie para dominar el mundo).

Después de darle mis cheques sin fondo, cada uno de los científicos va con su termómetro y otras herramientas a pasar el día en la habitación. A la mañana siguiente recibo los informes:

Mediciones
Ambos gráficos ofrecen la misma conclusión, pero el primero es más simple. Por lo tanto –dirá la cabeza flotante de Ockham sobre mi hombro–, es la mejor explicación. Sin embargo, el primer gráfico tiene un problema: no provee ninguna evidencia. Dos puntos siempre pueden conectarse mediante una línea recta, por lo que no prueban nada en absoluto.

En el gráfico A, un tercer punto está asumido. Uno debe creer que coincide con la línea para que tenga sentido. En el B, el tercer punto ha sido demostrado, lo cual reduce las posibilidades de error.

Queda claro así que hay una simplicidad máxima para cada situación, es decir, una complejidad mínima (que dependerá, obviamente, de la complejidad de lo que estemos analizando).

ImprevistoEso nos lleva al segundo extremo: una idea no puede ser más simple que el más complejo de sus conceptos, del mismo modo en que una frase no es mejor por tener pocas palabras si una de ellas representa algo completamente desconocido.

Por ejemplo, la teoría creacionista no es para nada más simple que la del Big Bang, ya que la idea de "Dios" no puede ser una cosa simple en tanto éste tiene voluntad propia, es infinito, etcétera y, por lo tanto, siempre quedará indefinido y será impredecible.

El universo ya es demasiado complejo, con demasiadas variables e interacciones; es irreductible, por lo que la navaja es inútil como argumento teológico.

Es cierto que decir que Dios creó el universo es más simple que la suma de las explicaciones científicas, pero también es más simple decir que el universo es un pato, y eso no lo hace más fiable. Lo que ampara a una teoría al aventurarse más allá de la lógica es la evidencia a su favor. No creo que haga falta un diccionario etimológico para comprender la relación entre "evidencia" y "evidente".

Recordemos lo dicho acerca de cómo pueden conectarse dos puntos sin explicar realmente nada...

Eslabones perdidos
¿Es más probable que todas las diminutas comprobaciones científicas sean erróneas o que esté equivocada una sola teoría que intenta explicarlo todo sin poder predecir sucesos futuros, debiendo introducir nuevas suposiciones incomprobables para cada nuevo imprevisto?

Se comprende que esta afilada herramienta filosófica, aunque simple, demanda práctica para su dominio si uno no desea cortarse con ella y sangrar absurdos. Porque, como todo lo que conduce hacia la perfección (el perfeccionamiento en sí mismo), no requiere tanto adquirir conocimientos ni añadir variables como, por el contrario, quitar lo que sobra, eliminar ese vicio de la razón que todo lo quiere razonar, a veces sin prestar atención a los datos crudos que le ofrece la experiencia directa.

Charla de filósofosSe trata, en efecto, de una moderación del intelecto que debe ser aplicada por el pensador así como el pianista elije con cuidado las notas que tocará para lograr el resultado deseado sin dejarse seducir por la enorme gama de posibilidades y técnicas de que dispone.

Por esto mismo se denomina también a la navaja como "principio de parsimonia", es decir: principio de ahorro, de moderación, de austeridad.

El por qué de esta moderación no es pensar menos sino hacerlo de acuerdo con la realidad: por cada pregunta hay más posibles respuestas de 100 palabras que de 10; por lo tanto, cuanto menos palabras (más simple), menos "competencia" tendrá la explicación, es decir, tendrá más probabilidades de ser correcta.

Debería quedar claro que el postulado de Ockham no se trata de una cuestión de estadísticas, sino que es algo sumamente lógico. Y disponemos aún de otras "reglas" del buen pensamiento para recortar aún más las ideas innecesarias. Una de ellas es la de Robert J. Hanlon...


El Principio de Hanlon


Esta regla dice: Nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez. Viene a ser un corolario de la navaja de Ockham ya que apela también a la explicación más simple: Efectivamente, los seres humanos nos caracterizamos por ser estúpidos más veces de las que realmente somos malvados.

Y no es sólo no cuestión de frecuencias. En cuanto al Hombre se refiere, lo torpe es más simple que lo perverso: obviamente, se requiere más inteligencia y esfuerzo para actuar con maldad –pero a conciencia– que para cometer un error y ni siquiera notarlo.

Y no veo por qué no podría extenderse el enunciado para abarcar las acciones atribuidas a la bondad. Porque incluso el idiota, como la astrología, también acierta de vez en cuando por pura probabilidad estadística (como bien sabemos todos los cancerianos).

La gran excepción a esta regla es la política. Ahí sí predomina la maldad, y no necesariamente con inteligencia, ya que ésta contempla que nuestro bienestar depende del bienestar de los otros.

Efectos

El Principio de Hanlon no es sólo una frase más o menos cómica, sino que se sostiene sobre una gran verdad: El verdadero opuesto de la maldad no es la bondad, sino la estupidez. Maldad y estupidez son opuestos respecto de sus efectos, mientras que maldad y bondad lo son sólo en cuanto a sus intenciones (pudiendo desembocar en los mismos resultados según el nivel de torpeza).

Cuando el problema a resolver incluye relaciones interpersonales, este es el filo que querrás como aliado. La navaja de Hanlon quitará de tu camino la maleza de especulaciones acerca de los otros (que por definición son siempre más estúpidos que uno mismo, lo cual no es subestimar a los demás sino sobreestimarse uno mismo, ya que uno es muchas veces más otro para los otros que cada uno de los otros lo es para uno mismo).