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Frases políticamente correctas

La política es aquella filosofía que sostiene que el ser humano debe ser gobernado.
Hay una razón por la que no me gusta hablar de política: cualquier posible opinión es estúpida. O eso opino. Cualquiera que habla sobre política queda como un idiota, inevitablemente. Hasta las personas más inteligentes caen en la trampa, y hoy me voy a permitir meter un pie en ella sólo para mostrar que tengo razón hasta cuando digo que estoy equivocado. Es que, en el fondo, admiro la valentía de los idiotas.

Entonces, ¿Por qué no te callas? –me dirá alguno citando el proverbial desacierto del rey español Juan Carlos, quien desconoce los fundamentos de la política porque está de adorno. Dichos fundamentos incluyen el arte de pasarse horas hablando sin decir nada, moviendo palabras como los magos sus dedos para confundir a las masas manivacías de pensamiento crítico. Yo no tengo poder, así que mis habladurías poco mal pueden causar. Podrían, empero, rozar alguna verdad con el codo sin querer.

Postura políticaPero intentaré opinar lo menos posible. La política es una materia seria (al menos sus consecuencias lo son) que requiere pensar –no opinar–. La política es de hecho una forma de filosofía, posiblemente la más incomprendida de todas en relación con su alcance. La gente, sin embargo, se apasiona por la política, ataca y defiende posturas –no ideas– con fervor deportivo, mientras que al análisis intelectual lo deja para el fútbol. Una triste inversión.

En todo caso, hay una palabra que siempre acompaña a "política", y es "gobierno". La política es aquella filosofía que sostiene que el ser humano debe ser gobernado. Por tal motivo fundamental, a cualquiera que me diga que "todo es política" le debo mi sincera respuesta: "cualquiera que piense eso es un estúpido". Quienquiera que desee ser gobernado es un estúpido –digo yo, y me hago cargo, pero también lo es por definición: alguien incapaz de gobernarse a sí mismo–.

Desgraciado es el que simplemente tropieza. Idiota, el que busca el precipicio y salta para pedirle favores al fondo.

Del otro lado de este cuadrilátero filosófico están los que desean gobernar a los demás, con o sin buenas intenciones, con o sin buenas herramientas para hacerlo. Pero son los menos y seguramente, si la probabilidad ayuda, ambos estemos de primer lado. Por supuesto, uno puede intentar elegir la menos peor (ya que no hay mejor) forma de someterse a las decisiones ajenas, y dado que parece no haber otro camino a la vista, repasemos cómo se piensa en el mundo de la política democrática...

Las que siguen son las palabras de las personas que deciden el destino de la especie humana. En general, si cada una de estas frases fuese sometida a juicio, el veredicto inapelable sería "¡falacia!". De hecho, es muy probable que, si la gente supiera distinguir las falacias, no existiese la política. Éstas, cuando se usan con propósito, son las riendas que guían a un pueblo ignorante hacia una ignorancia mayor.

Basado en hechos y palabras de personas reales. Cualquier semejanza con la estupidez es pura desgracia.

Un tiempo atrás, la presidente de la República Argentina justificó una represión armada contra el pueblo argumentando que, de otro modo, la gente se hubiese quejado de que había poca represión. Esto no es polémica –no hay lugar para la discusión–, no es una opinión política –una de las últimas trampas en las que puede caer una persona inteligente–, ni es o fue un "tema de actualidad"; es, de hecho, un dedo apuntando hacia la misma piedra con la que tropezamos eternamente: la estupidez humana. Independientemente de los logros de un determinado funcionario, podemos deducir cómo piensa según cómo habla. Con suerte, nos acercaremos a predecir también cómo actuará si sabemos cómo piensa.

Es mucha la gente que, como el expresidente argentino Carlos Menem, mira el estado de su pueblo y proclama Estamos mal, pero vamos bien, lo cual puede ser cierto pero esconde una profunda disonancia cognitiva: ¿cuál de las dos realidades es más importante? Esta pregunta sencillamente define la realidad. Tan bien iba la historia que el mismo funcionario declaró: Estábamos frente al abismo, pero dimos un gran paso adelante, haciendo gala de sus inmejorables características como representante de un pueblo que no sabe razonar y se guía por la pasión del ciego que corre para encontrar la luz. Es por eso que, en el país de los ciegos, el tuerto es rey. De más está decir que el paso no fue lo suficientemente amplio como para llegar al otro extremo del abismo.

Esta idea de que mañana estaremos mejor se repite en la Historia política del mundo como en los cuentos infantiles la de comer perdices. El presidente de Estonia, Lennart Meri, dijo ante una situación similarmente angustiante: Nuestra situación es una mierda, pero es el fertilizante de nuestro futuro. Optimismo puro, por no decir bruto. Aplaudo su visión poética del tiempo, pero reprocho el criterio de darle más importancia al futuro que al presente, especialmente cuando el presente es lo que está en las manos de un funcionario.

Viktor Chernomyrdin, presidente ruso, tuvo un similar exceso de optimismo pero mirando hacia atrás: Nos esperaba lo mejor, pero resultó como de costumbre. La situación es la misma, pero deja desnudo el error esencial de tal pensamiento. La contradicción entre teoría y realidad que enfrenta un gobernante es tan grande que su subconsciente lo obliga a confesar el error de algún modo: la democracia no funciona muy bien.

El error es del pueblo, diría yo, universalizando la declaración de un político de Tanzania, Edwin Mashayo: Algunas personas se vuelven líderes por error, error nuestro, claro. Lo dijo el vicepresidente norteamericano Hubert H. Humphrey: Errar es humano. Culpar a otro es política. El primer paso es hacerse cargo de que somos los peones quienes sostenemos sobre nosotros el tablero donde los reyes zigzaguean.

Coincido con la sabiduría infantil del primer ministro belga Jean-Luc Dehaene: Sólo hay que resolver los problemas cuando se producen. Esa es la forma más pura posible de política; sencillamente, no hay otra forma de hacerlo, y tal postura ni siquiera requiere gobierno, sólo acción popular [suplico estúpidamente descartar la carga política de los términos aquí utilizados]. Por supuesto que eso no impide prevenir los problemas predecibles, y no es cuestión de ponerse a fabricar mangueras cuando empiezan los incendios; con ese método, es fácil después decir: Yo no sabía nada, como argumentó cierta vez el presidente de Brasil, ­­­Lula da Silva, con respecto a su trabajo.

Es cierto que estas personas pueden haber dicho mejores cosas y sólo estoy apuntando las peores. Los menos estúpidos dicen de su fulano predilecto: "sé que tiene cosas malas, pero ¡mira las buenas!", cuando son precisamente las malas las que hay que meditar, o, peor aún: "pero es mejor que mengano", como si sus balanzas morales pesaran el aire. Así como debe juzgarse a un poeta por sus mejores versos, a un político hay que medirlo por sus peores disculpas, ya que revelan su culpabilidad, es decir, su ineptitud. Y si alguien se siente ofendido por este recuento tendencioso, que recuerde las palabras del primer ministro canadiense ­­­Pierre Trudeau: Me han insultado peor mejores personas.

Claro que Trudeau le respondía a Richard Nixon, quien no era un mejor ejemplo de lucidez. Sus acciones frecuentemente eran eco de confesiones encubiertas como esta: Si el presidente lo hace, no es ilegal. Fin de la discusión. Con el mismo mecanismo catequista justifican muchos sus miserables vidas: en lugar de tener el gobierno que quieren, terminan queriendo el gobierno que tienen. Esto ocurre por la predominancia de un pensamiento mágico-político que dice que un Estado puede y debe solucionar todos los problemas, cuando no es remotamente cierta ninguna de las dos cosas. La verdad es otra, en palabras de Ronald Reagan: El gobierno no es la solución del problema, el gobierno es el problema.

También debe quedar claro que mi intención en estas líneas no es política (mucho menos partidista), sino la de exponer las fallas de la razón allí donde más daño hacen, quienquiera que las cometa. Y, si de fallas se trata, no hay mejor lugar para encontrarlas que allí donde el estudio no ha llegado a convertir el fanatismo en ideal. En el sentido político, por hoy adhiero plenamente a la declaración del expresidente de Colombia, Julio César Turbay Ayala: Yo no estoy a favor ni en contra, sino todo lo contrario. Una especie de voto en blanco de la razón, el equivalente mental de la sede de reuniones de Anónimos Anónimos.

Concedo que no debe ser fácil presidir una nación, ni siquiera haciéndolo mal; tantas presiones son fatales para el bienestar mental y por eso es que no hay mejores ejemplos de erratas entre las profesiones que en esta, que por una u otra causa logra destilar la estupidez humana en su máximo grado incluso cuando quiere ser reflejo de la honestidad tan escasa en este rubro. Están, por lo tanto, levemente excusados (disculpados, jamás).

Ilustremos volviendo a la elocuencia del mencionado colombiano: Tenemos que reducir la corrupción a sus justas proporciones, dijo. Sin dudas, un ejemplo de honestidad, aunque no llega siquiera a cumplir los requisitos que este falso ideal implica: abstenerse de robar. Porque aunque tratárase un acto fallido lo cierto es que no existe, no puede existir un gobierno sin corrupción. Y no porque ésta sea una mancha inevitable; más que eso: la corrupción es la piedra fundamental de la política, que es el arte de corromper la idea opuesta acerca de cómo gobernar al pueblo para que subsista la propia.

Siempre exigimos políticos honestos, pero realmente no sabemos lo que estamos pidiendo. Hay una razón por la cual escasean estos ejemplares: la honestidad no está bien vista entre los políticos porque la verdad nunca es provechosa. Habiendo tantos puntos de vista, sólo lo verosímil triunfa. Por ello frecuentemente utilizan un sistema de "representación conveniente" de la verdad, como lo confirmó el primer ministro húngaro Ferenc Gyurcsány: Yo no mentí. Sólo que no desarrollé cada detalle de la verdad. Saberlo es esencial para todo aquél interesado en la política, porque en esta materia cada discurso esconde una verdad en la mentira y una mentira en la verdad.

Puede entenderse mejor lo que quiero decir analizando esta frase del funcionario argentino Luis Barrionuevo: Tenemos que dejar de robar por al menos dos años. Eso es sinceridad. Pero es una sinceridad falsa, forzada por las circunstancias, una confesión que brota como las lágrimas. ¿Qué otra cosa puede hacer el pescador cuando ve que ya no quedan peces en el mar? La prolijidad del "dos años" revela un concienzudo análisis del tiempo que podría sobrevivir una democracia sin robar. Por si faltasen precedentes, anótese que el mismo orador dijo que Nadie se hizo rico trabajando. No pretenderán que dejen de robar para siempre...

De modo que sólo se puede ser totalmente honesto en política cuando se es estúpido, es decir, obrando o hablando en perjuicio de uno mismo. Así lo expresó el canadiense Bill Vander Zalm: Si hay una cosa de la que se me puede acusar, es de estupidez (una defensa irrefutable, análoga al alegato de locura en la corte). Lo que quiso decir es que no fue lo suficientemente astuto como para perjudicar a los demás sin perjudicarse también a sí mismo.

Para clarificar lo que acabo de decir, recordemos, según expuse en ¿Qué pasaría si fuésemos el doble de inteligentes?, mi clasificación de tipos humanos según sus beneficios y perjuicios:

Tipos humanos según sus beneficios y perjuicios ©

Y hay otras razones para ser deshonesto en la política: cuando se quiere hacer las cosas bien. Ser un político honesto equivale a crearse muchos enemigos, y para querer enemigos hay que ser o un héroe de la honestidad o un prócer de la estupidez. Y ser un prócer, claro, implica un sacrificio frecuentemente mortal (física o profesionalmente). No hay manera de saber el resultado antes de apostar a la honestidad. En cualquier caso, se requieren más huevos que los acostumbrados, y hay pocos ejemplos en la Historia reciente. Uno de ellos es el del primer ministro chino Zhu Rongji: He preparado cien ataúdes. Noventa y nueve para los oficiales corruptos... y uno para mí.

La política es una de las dos situaciones en las que conviene no tener huevos. La otra es meterse al mar el invierno. A menos que realmente se actúe a favor del pueblo mediante un ideal, sin importar las consecuencias personales, cosa que tan poco tiene que ver con gobernar como señalar a un pájaro en el cielo y meterlo en una jaula. Lo poco bueno que puede hacer un político es ponerle trabas al avance irrefrenable de la corrupción, entorpecerlo levemente; eventualmente, toda suma que pueda aportar se diluirá en la infinita cifra negativa del poder, como una gota de agua en un mar de orina.

Es difícil hablar seriamente sobre política. Quizá por eso toleramos a los idiotas en el poder. Siempre se puede mirar atrás y regresar con una sonrisa al encontrar contradicciones que suenan cómicas hasta en el contexto más atroz. Por ejemplo, el mensaje del alemán Walter Ulbricht: Nadie tiene la intención de construir un muro, dos meses antes de elevar el muro de Berlín. Claro que nadie conoce el futuro y cualquiera puede poner sus fichas en el casillero equivocado.

El problema es cuando estas personas confunden su ausencia de incertidumbre hija de la incompetencia con una ausencia de incertidumbre nacida de la claridad de la razón, del saber que no se sabe. Yo nunca me equivoco y raramente tengo dudas –ilustró magistralmente el esquema Aníbal Cavaco Silva como presidente de Portugal. El suyo no fue un caso tan malo, pero a veces se conjugan en un solo representante tanto las incompetencias del discurso como las del pensamiento y de la acción...

En tiempos de crisis, deberíamos tener seis meses de dictadura para enderezar las cosas, y luego volver a la democracia –­­­dijo Manuela Ferreira Leite, economista y ministro de educación del mismo país. El típico argumento "podría ser peor", que nada resuelve. Y, si así movió sus labios sin intervención del cerebro, imagínese cómo hubiese actuado. Pero la inacción es la mejor pose política. Ya lo dijo el funcionario mexicano Fidel Velázquez: La política es como las fotos: el que se mueve, no sale. Al menos no habló tan mal como el presidente de su país, Felipe Calderón (Haiga sido como haiga sido).

Otra de las razones para la inacción es evitar posibles reproches, obligatorios si el pueblo al menos pretende lo que pide. El ciudadano, lo sepa o no, cede su poder al gobierno y, con él, sus derechos. Luego, al percatarse de la estafa, los reclama nuevamente. Es más iluso la segunda que la primera vez que creyó en ese mecanismo de empeño del poder. El poder no hace devoluciones, por eso es poder: si cediera, perdería fuerza. Tanto más poder obtiene el político cuanto más imposible son las cosas para los demás. El poder y el abuso son inseparables: tener un arma no da seguridad; dispararla lo hace.

El poder agota sólo a quienes no lo tienen –fueron las palabras del político italiano ­­­Giulio Andreotti, lo cual me recuerda al impecable aforismo de La Renga: "hace falta poder... poder... poder para poder". Lo importante es que la política no se puede ejercer sin poder, incluso en el más mundano de sus sentidos, como lo ilustra el funcionario mexicano Carlos Hank González: Un político pobre es un pobre político... Frase similar en estructura a la dicha por el dominicano Joaquín Balaguer: No hay presos políticos, sino políticos presos. Y destaquemos que Balaguer es político y premio Nobel de Literatura, quien también dijo a Juan Carlos I: Majestad, llevamos quinientos años esperando, en la primera visita de un Rey de España a América. Cinco siglos y no había pisado su Nuevo Mundo ningún "rey" (símbolo universal de poder cuyo sonido viene del latín de regis).

La razón es esta: así como el poder corrompe (y visitando a la pobreza sólo la haría más pobre y con mayor ambición), el mismo poder puede ser corrompido por la ilustración. No es bueno para él que lo conozcan aquellos a quienes oprime; le conviene ser imaginado como una salvación mística, ya que en el momento en que la gente ve que ha puesto sus necesidades (millones) en sólo un par de humanas manos, y con ello se ha declarado esclava, no puede tolerar la injusticia hija de su propia credulidad. Claro que esta disonancia se aplaca cada unos cuatro años, y así el poder subsiste, gracias a la pobreza.

Si no hay corrupción, no hay pobreza —dijo el funcionario filipino ­­­Benigno Aquino III. Eso lo sabe todo el mundo, especialmente los políticos, que, como he dicho, son los artistas de la corrupción. Pero, por favor, téngase en cuenta su declaración para medir el grado de corrupción en cualquier tiempo y lugar dado. Insisto.

No hay riqueza suficiente para el poder que le haga desear disminuir la pobreza ajena; la suya se nutre de aquella. Por ejemplo, véase la extraña cantidad de funcionarios peruanos que asumieron sus cargos jurando por Dios y por la plata... la patria.



Sin mencionar los simples actos fallidos, que no son reflejos de honestidad sino de sinceridad, cortocircuitos de una moral contradictoria: se acumulan tantas falsedades en una cabeza que la boca se abre como válvula de seguridad para aliviar la presión. De modo similar funcionan los intestinos.

El candidato a presidente de Brasil Paulo Maluf dejó bien clara la regla para ser un político exitoso al aconsejar en una clase pública: Viola, pero no mates. Un consejo admirable, si de reducir los daños se trata, pero insuficiente, que por desgracia se convierte lentamente en política: en otro movimiento de este desconcierto de los ideales, la alcaldesa Marta Suplicy añadió [si la violación es inevitable] relájate y goza. Claro que así duele menos, y se aplica tanto a la violación física como a la intelectual: Relájate y vota.

Aunque la estupidez está omnipresente en la política, otras veces asoma la simple maldad, es decir, la tendencia voluntaria hacia lo peor. Cuando así se piensa, la democracia es la mejor venganza –según palabras del político pakistaní Benazir Bhutto–. Una idea así es demasiado profunda, filosóficamente inacabable. Aunque la cantidad de significados se reduce dramáticamente si la contextualizamos con la de su par, Zulfiqar Ali Bhutto: Comeremos pasto, pero haremos una bomba nuclear. Se entiende que la democracia era en ese caso y puede serlo en cualquier otro sólo un medio para la venganza (caricatura de la justicia), o para cualquier otra cosa distinta de un ideal. El punto es que por sí misma la democracia no vale nada; hace falta además la gente idónea, que no precisamente son los que anhelan gobernar, e ideales.

El ser de naturaleza política vive pensando en abstracciones, mediante abstracciones. Y es que no podría soportar el pesado deber de cuidar a una familia concreta de diez o cien millones de personas. El riesgo está en que, al abstraer, es más fácil pensar como Joseph Stalin: Una muerte es una tragedia. Un millón de muertes es una estadística. Como herramienta, la democracia es útil sólo en el taller del pueblo; ningún individuo puede sin degradarla hablar por ella ni representarla: automáticamente pierde su significado. La verdadera democracia requeriría consejeros, no representantes, y una representación realista de las circunstancias.

Sin embargo se intenta lo opuesto continuamente y así se la desvirtúa. Cada funcionario se cree o dice ser un representante, a pesar de que la lógica susurra agonizante que el pueblo es uno solo y sin embargo hay miles de representaciones contradictorias e irreconciliables. Lo sospechó el presidente francés Charles de Gaulle al preguntar: ¿Cómo esperan que funcione un sistema de partido único en un país con más de 246 diferentes clases de queso? Por eso llega a triunfar únicamente la idea que mejor corrompe a las opuestas, independientemente de su validez moral y eficacia concreta. Cuando no, los políticos de alma o profesión deben reconocer las palabras del ministro canadiense Clarence Decatur Howe, quien para resolver un debate político exclamó: Caballeros, todos debemos darnos cuenta de que ninguno de los dos partidos tiene el monopolio de los hijos de puta.

Y no se han dicho esas palabras por humildad, sino para mantener las reglas de un juego retorcido en donde todos deben tener derecho a la ambición. Los chinos, grandes hacedores de proverbios ambiguos, en boca del político Deng Xiaoping pueden darnos una síntesis poética: No importa si es un gato blanco o un gato negro; siempre que pueda cazar ratones, es un buen gato. Es que no existe tal cosa como lo políticamente correcto, a menos que se entienda por recta corrupción, comenzando por la corrupción del pensamiento.

En política no existe la verdad más que como posibilidad útil, nunca necesaria y mucho menos como un hecho:

Tipos de verdad según su alcance y relevancia ©

La Constitución es sólo un pedazo de papel, aseguró Joaquín Balaguer, presidiendo a la república Dominicana (nótese el lazo etimológico de "presidir" con su hermana "prisión", ambas hijas de praesidium). Su visión no es –siendo condescendiente– reduccionista. Es simplemente muestra de un pensamiento nacional atrofiado, como dejó más claro otro de sus funcionarios: El problema del dengue se resuelve si cada dominicano mata diez mosquitos diarios. Estas palabras salieron de la boca de José Rodríguez Soldevila, ministro de salud del país. Con la misma táctica, otro de sus presidentes, Hipólito Mejía, encontró un argumento fantástico a favor de su incompetencia: ¿Que la carne está muy cara? [...] ¡Coman berenjena!. Dicha táctica se conoce en filosofía como "Lavarse las manos".

Inagotable fuente de ejemplos de dicho tecnicismo es la argentina Cristina Fernández de Kirchner, al decir cosas tales como: La diabetes es una enfermedad de gente de alto poder adquisitivo porque son sedentarios y comen mucho. Claro que allí interviene otro ingrediente, además de la megalomanía, que es la ignorancia. En química nunca pude aprenderme mas allá del "hache dos cero" del agua –aclaró, para que de ello no se dudara y luego agregar más confiadamente:– Sólo hay que tenerle temor a Dios y a mí. Sí, a la ignorancia hay que temerle bastante.

La política, sin embargo, puede ser una herramienta educativa increíblemente eficaz. Libre de partidismos, uno puede detectar en sus discursos públicos todo el espectro de fallas de la razón, fallas que no sólo cometen los oradores, sino a las que principalmente apelan. La oratoria política se ha convertido en el arte de las falacias y si uno aprende a identificarlas puede sacarle tanto provecho mental como a los crucigramas. Constan generalmente de argumentos incompletos que devienen en falacias. Por ejemplo, esta frase de la presidente argentina: Los docentes trabajan cuatro horas por día y tienen tres meses de vacaciones, lo cual es cierto, como cierto es también que los desempleados trabajan cero horas diarias y tienen doce meses de libertad. Evidentemente, falta el detalle del sueldo.

Como esa, cada declaración política impar es un crucigrama que hay que completar con desapasionado juicio. No importa cuánto se reemplacen los funcionarios ni cuánto se renueve el gobierno: lo que está corrupto es el Estado. Él es la prostitución de los derechos del pueblo.

Otro ejemplo –y no es por ensañarme con determinada figura, sino por mi cercanía geográfica con ella– es esta declaración: Estoy dispuesta a morir para que sigan escribiendo las mismas mentiras que escriben en su diario con la libertad que lo hacen siempre –posible paráfrasis del "No comparto tus ideas, pero daría mi vida por defender tu derecho a expresarlas" de Voltaire, que aparentemente aboga por la libertad de expresión pero en el fondo dice muy claramente "no me importa que mientan al pueblo y además no intervendré". Las falacias son poderosas... no es extraño que el poder esté repleto de ellas. La de Kirchner fue una exposición astuta, pero no ha de confundirse la astucia con la inteligencia.

Políticos realmente inteligentes hubo pocos. Un caso excepcional fue Ronald Reagan, que tantas veces ilustró el poder de la síntesis, la sinceridad y la razón en un mismo enunciado como al definir la Economía desde el punto de vista gubernamental: si se mueve, póngasele un impuesto. Si se sigue moviendo, regúlese. Y si no se mueve más, otórguesele un subsidio. Tres reglas que definen perfectamente a cualquier gobierno (cuanto más claramente, porque peor es).

Otro ejemplo del mismo pensador: Se supone que la política es la segunda profesión más antigua de la Tierra. He llegado a la conclusión de que guarda una gran semejanza con la primera. Pero no habría caso en terminar este recuento con palabras sabias. Salgamos por el otro extremo...

No por tener espacialmente disperso a su rebaño las religiones dejan de ser políticas, incluso de las más eficaces para gobernar individuos, de dominarlos conforme a su todopoderosa autoridad, el Domine (Señor). De entre ellas, destacaré a la católica con una frase de uno de sus funcionarios más queridos, Juan Pablo II, quien dijo: La estupidez es también un don de Dios, pero uno del que no debemos abusar. Es paradójico el abuso de esta sentencia, equivalente a ir a detener una guerra de almohadas armado con un colchón.