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Experimentos filosóficos para un día de ocio (3)

Esto es el comienzo de una aventura de conocimiento, y el lector deberá correr detrás de las premisas escritas como un perro al que se le arroja una pelota invisible.
Esto, como siempre, es el comienzo, el mapa de una aventura de conocimiento, y el lector deberá correr detrás de las premisas escritas como un perro al que se le arroja una pelota invisible –ese pequeño momento de incertidumbre que experimenta el animal al notar su ingenuidad es filosofía canina–. Deberá temblar la seguridad, desmoronarse la ilusión por fuerza de voluntad; sólo así se revela, poco a poco, la verdad.

Ver una película en un idioma desconocido


Ver una película en un idioma desconocido
Para la mayoría de nosotros, un idioma oriental será perfecto. El ruso también es bueno, y además hay grandes probabilidades de que en la película aparezcan rusas, lo cual siempre es motivación filosófica. No te preocupes por la trama porque no hace falta entenderla. Sólo deberás prestar atención a los extraños sonidos articulados por los protagonistas... mucha atención, como si de verdad pudieras llegar a entender el significado si te concentraras lo suficiente. En algún momento de nuestras vidas todos hemos hecho eso con cada palabra. Quizá en la mitad de los casos simplemente llegamos a creer que las habíamos comprendido, cuando en realidad las adoptamos más o menos como lo hicimos con la tabla del 2.

Por esta razón, lo mejor del experimento viene tras él, al regresar al mundo de las palabras conocidas. Podrán parecerte entonces un poco sospechosas. Familiares, sí, pero semidesnudas –apostando a que no viste desnudos a muchos familiares, en cuyo caso no deberías estar leyendo esto sino en terapia de electroshock–. Cualquier palabra del español podría revelar ahora su naturaleza de pelota imaginaria: el símbolo sigue volando, nuestra atención corre tras él, pero el significado ha quedado atrás. Deberás estar atento a la que suene más raro y retenerla; pensarla y pronunciarla en voz alta varias veces, con diferentes tonos y emociones, imitando acentos extranjeros y sonidos de animales, imaginarla pronunciada por extraterrestres y robots, gritada por un astronauta a la deriva del espacio o lo que se te ocurra. Hay que ponerla a prueba exhaustiva hasta destruirla y que sea sólo un sonido como los de la película (porque eso es).

Entonces, a la larga (ya que olvidar un idioma a propósito es más difícil que aprender uno nuevo), lo comprenderás: el lenguaje humano es una prestidigitación increíblemente ridícula. No sólo por la comicidad de sus sonidos, especialmente cuando el discurso no es compuesto teniendo en cuenta la musicalidad de sus términos, sino también por el hecho de que no deja de ser un concierto de ladridos y aullidos pulverizados y refinados hasta lograr los matices más insignificantes. Y en ese absurdo cotidiano residen los actos de pensar, comunicarse y, por supuesto, filosofar, por lo que este ejercicio es fundamental para afrontar cualquier duda genuina e intentar descubrir qué significa cada cosa.


Hacer un inventario del mundo


Hacer un inventario del mundo
Nunca es poca la insistencia, o se llamaría desistir: estas ideas son para realizarlas. Sólo copiarlas en la cabeza tendrá el mismo efecto que leer una partitura en silencio: insípido. En este caso, la conclusión filosófica se halla bien al final de la práctica, por lo que tu participación es indispensable (o esto no tendrá sentido). Si al final te urge comentar tu experiencia, habrás tenido éxito.

Las instrucciones son sencillas: Armarse de lápiz y papel cual espada y escudo y enfrentar las formas del mundo cotidiano por primera vez, anotando el nombre de cada cosa que uno ve y describiendo brevemente qué es, para qué sirve o por qué está ahí. Utilizar los primeros adjetivos que vengan a la mente está bien. Comenzar por el propio hogar es lo más cómodo y efectivo, pero aquellos intrépidos que se animen a reseñar el mundo exterior, el hogar de la sociedad, recibirán una recompensa filosófica inacabable –lo garantizo–.

La ejecución no es tan simple: La duración del experimento debe ser como mínimo de una hora, pudiendo extenderse toda la vida si en el proceso se descubre una vocación científica o se muere en su desarrollo. Más de uno puede cansarse fácilmente un minuto después (o antes) de empezar, por lo que debe construirse con anticipación un humor especial, un sentido de determinación y propósito como el de quien marcha hacia una batalla moralmente inevitable, que en este caso es la del saber.

La determinación no puedo dártela, pero sí delinear el propósito: Aparecemos en este natural laberinto de objetos, fuerzas y relaciones desconocidas sin previo aviso; con motivo de desenvolvernos fluidamente en él, recibimos una educación que dura gran parte de nuestras vidas, incluyendo tareas tales como aprender a escribir, clasificar, analizar y calcular; pero raramente resulta que usamos esas habilidades para dicho fin –sino que nos perdemos en ellas–. Es hora de hacerlo, de aprovechar nuestra instrucción para experimentar el mundo de forma diferente, como otros animales no pueden hacer: pensándolo, y, más aún, pensándolo con la mente colectiva y transmigratoria que legamos durante nuestro desarrollo asistido.

Recuérdese en todo momento que el propósito no es hacer una lista, sino descubrir qué sale de ella. Eso es todo. Y el que no lo intente habrá leído en vano.


Morir


Morir
Sin suicidios, por favor. Gracias. La idea de este experimento es prepararse para una Muerte Ficticia, ya que, cuando La Auténtica llegue, probablemente nos tome por sorpresa. Así, quizá podremos despedirnos de la participación consciente de la existencia con una ventaja que pocas partes tienen: la de disfrutar de ese último instante presente sin distraerse entre memorias y proyectos, habiendo llorado ya por lo perdido y trabajado por lo potencial, dejando pendiente lo menos posible. Es ideal –lo sé–, pero vale la pena intentarlo porque si hay algo que nos marca para siempre en la vida es la muerte.

Pero, además, la experiencia tiene un efecto inmediato. Poner en orden los pensamientos pendientes, descartar los problemas superfluos, apaciguar las emociones negativas y, en definitiva, solucionar todo innecesario aquello que demande nuestra energía mental durante el día a día entorpeciendo el auténtico vivir a propósito... Todo eso tiene un efecto liberador –y no es ninguna metáfora, ya que libertad es romper las pesadas cadenas del pasado que nos impiden andar con pasos voluntarios, creándonos en cada oportunidad–.

El desarrollo del experimento podría ser así: buscar un lugar cómodo, relajarse y construir una vívida imagen mental, con todo recurso disponible, de una lenta caída de telón. Nada de dramatismo ni morbosidad, sólo la noción dominante de estar llegando al final de la última escena. Sugiero evitar a toda costa los arrepentimientos; la idea es, justamente, desprenderse de toda rémora psíquica, de toda cosa que no podremos llevarnos porque no vamos a ningún lugar. Las posibilidades simplemente se terminan.

Por supuesto: si de ideales se trata, esto habría que hacerlo cada día un par de veces: una en la íntima oscuridad que preludia al sueño –que viene a representar una Pequeña Muerte Necesaria para el bienestar de la consciencia– y otra ante el rutilante embestir de cada amanecer de posibilidades –que normalmente se pierden de vista entre una neblina de preocupaciones y postocupaciones–. Pero incluso con llevar esta idea a la práctica una sola vez, podemos llegar a darnos cuenta de que morimos a cada instante, es decir, de que cada momento es el último instante presente.


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