Cibermitanios

Los oscuros poderes de la luz

La información es poder, especialmente si viene escrita sobre un tanque de guerra.
Quienes no intentan conquistar el mundo es porque carecen de los superpoderes adecuados o tienen baja autoestima –me contó un prestigioso psicólogo de supervillanos–. Mucha gente cree que no tiene la maldad suficiente para dominar el mundo, pero, en realidad, lo que le falta es poder. Muejeje. Jeje. Y, como todo el mundo sabe, la información es poder, especialmente si viene escrita sobre un tanque de guerra.


El poder de la luz infrarroja


Habrás notado que el control remoto de tu televisor tiene una especie de lámpara LED en la punta y que, sin embargo, nunca se enciende. En realidad, se enciende pero no se ve, porque emite luz infrarroja que el estúpido ojo humano no capta. Pero, para conveniencia de nuestros planes impíos, sí la captan las cámaras fotográficas digitales, incluyendo las de los celulares. Sólo hay que apuntar el control remoto a la cámara y presionar cualquier botón: la luz se revelará en el visor de la máquina. ¿Qué estás esperando, ignominioso discípulo de la inmundicia, para hacer la prueba? Va a ser mucho más convincente que si te muestro una foto.

¿Y para qué sirve –inquieren los apóstoles de la inmoralidad– conocer este detalle absurdo? Obviamente, la utilidad del truco no termina en saber si alguien nos está apuntando con un control remoto. También las cámaras de vigilancia emiten luz infrarroja –para ver sin ser vistas–, por lo que es posible detectar cámaras escondidas o entre las sombras tan sólo mirando por la cámara de fotos.

Ahora que se ha encendido una infrarroja chispa de malevolencia en tus endemoniados ojos, explicaré que toda la materia emite radiación infrarroja (calor) por lo que, aunque no existiera la luz blanca en el universo, sería posible verlo todo si nuestros ojos estuvieran adaptados al espectro infrarrojo, con excepciones como el CO2, que bloquea la radiación y por eso se lo culpa del calentamiento global con justa razón ya que impide que la energía que emite la Tierra pueda salir al espacio. La buena noticia es que nuestro planeta es un poco invisible a las cámaras de vigilancia extraterrestres.

Además, podemos aprovechar esta habilidad de los ojos electrónicos en su contra: ya que son tan sensibles a la luz infrarroja, pueden ser encandilados y cegados por este cobrizo resplandor del inframundo; sólo es necesario acumular la potencia necesaria, que no es mucha. Unos diez LED infrarrojos conectados a una pequeña batería y estratégicamente colocados cerca de tu rostro te harán aparecer en filmaciones y fotografías como un nebuloso espectro de infernales huestes. A este fin bien sirven una gorra, unas gafas o cualquier otro accesorio facial donde puedan montarse los LED en serie. Los japoneses ya lo hicieron.


La técnica para ver en la oscuridad


El cuerpo humano es una especie de robot muy sofisticado, tanto que ni sabemos cómo funciona. Por supuesto que si tuviésemos consciencia de cada glóbulo rojo que se nos mueve, la superficie del planeta estaría tapizada por pedazos de cerebro. Pero hay otros mecanismos más sutiles que podemos conocer y pedirles ventaja para nuestra faena de gestionar el mal. En este caso, tomaremos prestado el conocimiento de unos antiguos guerreros de la libertad: los piratas.

Los piratas no usaban parches en un ojo sólo por una cuestión de moda terrorista. Tampoco se trataba, en la mayoría de los casos, de modo alguno de ocultar heridas de batalla. Lo cierto es que guardaban un secreto oscuro bajo el parche, un tétrico poder que liberaban ante sus enemigos...

Se trata de la técnica para ver en la oscuridad, que se basa simplemente en el hecho de que un ojo que estuvo cerrado por un tiempo es considerablemente más sensible a la luz que lo normal. Sabiendo esto, los piratas cambiaban el parche de un ojo a otro cuando entre colisiones de acero y plomo pasaban de una zona luminosa a otra oscura, bajo cubierta. Este superpoder ancestral puede aprovecharse hoy, por ejemplo, al encender una luz del baño a medianoche: si abrimos sólo un ojo, que quedará momentáneamente cegado, permitimos que el otro esté listo para guiarnos de regreso por tenebrosos pasillos.

Claro que ese ejemplo es indigno de un pérfido corsario de la modernidad como los que asisten a este curso. Sólo estoy tentando a tempo de adagio la resurrección del inhumano veneno de tu iconoclasia para el gran final en que entre fantasmagóricas crines, rayos y truenos desciendan y arrasen las inmortales valquirias de tu crueldad. Esto queda en tus garras, despreciable heraldo del ultraje y la aberración; que Barbanegra, Drake y Morgan te guíen por retorcidos caminos y protejan tu libertinaje de las cadenas de la rectificante justicia.

En cualquier caso, recomiendo conseguir un parche de pirata, ya que no hay nada que realce más la estética de un villano, o quizás fabricar uno traslúcido con unas gafas de sol para no perder la percepción de la profundidad.


De la luz al fuego, pasando por el agua


Vimos en otro capítulo de este tenebroso manual cómo controlar el poder del fuego, pero invocar a este espíritu ígneo es otro maléfico asunto que el Hombre ha estado perfeccionando durante milenios. La búsqueda del conocimiento –fruto prohibido del Edén y símbolo del mal– reveló que hay una fuente de luz que se vuelca incesantemente sobre la Tierra y que puede convertirse en fuego con un poco de entusiasmo y desprecio por la raza humana.

Así como varios delgados hilos fuertemente unidos pueden cobrar la fuerza de una soga, los haces de la luz pueden apretarse para sostener la furia del fuego. Hay muchas formas de lograrlo, pero, ya que hemos apagado fuego sin agua, ahora veremos cómo dar vida al fuego con ella.

El agua que utilizaremos es especial: es fría, dura y la llaman "hielo". Pero no entraré en detalles técnicos porque, más que a la química, recurriremos a la óptica, que, aunque no deja de ser una rama del árbol regado por nuestro gran ídolo divulgador de la ciencia y el mal, Carl Satan, es otro asunto muy diferente.

La luz puede comportarse como onda, como partícula o como rayitos salidos del sol dibujado por un niño. Usaremos esta última metáfora, a la altura de nuestro diabólico intelecto, para comprender la naturaleza de la lente que debemos ofrendar a los propósitos de nuestro malvado destino. Esencialmente, hay dos tipos de lentes:

Lentes cóncavas y convexas

Para concentrar los hilos del Sol, deberemos usar una convexa, que, si nos atenemos a la etimología, es la verdadera lente: su nombre viene –por su relativamente justa forma– de la lenteja... y de ahí también que sea un sustantivo femenino. Pero lo importante, queridos malvados, es que la lente convexa es como un embudo para rayos de luz, como lo sabrá tu villanito interior, que seguramente alguna vez deseó demostrarle su poder a las peligrosas hormigas.

Mejor aún que una lente convexa es una Fresnel, que con mucho menor tamaño converge la misma potencia luminosa. Pero si queremos dominar el mundo rápidamente deberemos renunciar al ideal de la perfección por la virtud de la síntesis, atajo secreto que puede transitarse tanto para el bien como para el malestar global.

Volviendo al hielo para retornar en seguida al fuego, necesitaremos un trozo grande de este sólido cristalino y la paciencia como principal herramienta para pulirlo y así fabricar nuestra propia lente convexa del tamaño que queramos –de acuerdo al daño que deseemos causar– y del costo mínimo del agua. La mano y su natural tibieza serán suficientes para esculpir en pocos minutos el siniestro artefacto.1

Una vez lograda la geometría esperada, despiadados maestros del bricolage infernal, sólo será cuestión de encontrar la distancia focal a la que se besan los rayos para dar a luz al fuego. La aplicación de semejante artilugio puede ir desde la simple supervivencia hasta la evaporación instantánea de monjes tibetanos utilizando la cima del Everest como impecable catapulta de fotones (lo dejo a tu bestial criterio, execrable energúmeno de la injusticia humana).

Aprende a dominar el mundo con el Manual del Villano