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¿Por qué caen las hojas en otoño?

Todos sabemos que, así como en primavera a las mujeres se les comienza a caer la ropa, en otoño a los árboles se les caen las hojas. Pero, ¿por qué?
Todos sabemos que, así como en primavera a las mujeres se les comienza a caer la ropa, en otoño a los árboles se les caen las hojas. Pero, ¿por qué? Cualquiera diría que el frío las seca y el viento las arranca suavemente, pero la verdadera razón es mucho más interesante. No es el clima el que las hace caer: son los mismos árboles los que las tiran a propósito, al igual que las personas se quitan la ropa cuando hace calor...

Los árboles son criaturas extrañas; cualquiera que se haya trepado a uno lo sabe. Se pasan toda la vida en el mismo sitio y soportan carteles de perros perdidos sin decir nada (y aún no sé cuál de los dos es mejor y más fiel amigo del Hombre). Pero no por eso son pasivos, ni mucho menos, sino que esconden procesos que transforman el mundo constantemente. Este es uno de ellos, de los más ignorados...

A pesar de que asociamos el otoño con la caída de las hojas –incluso en inglés al Otoño se le dice Fall, que significa "caída"–, lo cierto es que las hojas no se caen, sino que los árboles las tiran.

Las hojas verdes, durante las estaciones cálidas, cumplen la función de generar alimento para el árbol mediante la fotosíntesis. Pero cuando la Tierra comienza a alejarse del Sol y los días se vuelven más cortos y fríos, las hojas ya no son de utilidad y el propio árbol se las come, es decir, digiere sus células de a poco. Por eso las hojas se secan, porque el árbol las consume. Es como si tuviéramos ollas comestibles para cuando se nos acaba la comida.

Pero las hojas aún no se caen.

Los cambios en el clima que trae el otoño estimulan en los árboles la producción de una hormona que envía mensajes químicos a todas y cada una de sus hojas. Químicamente, es como si el árbol se sacudiera para sacárselas de encima. Pero lo que hace esta hormona es aún más sorprendente...

Cuando la señal es recibida, se producen pequeñas células en las intersecciones entre ramas y hojas. Se llaman células de abscisión (de corte), porque forman como pequeñas tijeras. Y, de hecho, están diseñadas para cortar los tallos de las hojas.

células de abscisiónEstas células no pueden verse a simple vista, pero con un microscopio se ven como en la imagen de la derecha. Así, el árbol empuja cada hoja fuera de su organismo, y, por supuesto, el viento ayuda a desecharlas (pero no es la causa, ya que también hay viento en primavera). Además, en los lugares más fríos, la temperatura también ayuda, porque el agua que hay en las venas de las hojas se congela y las quiebra por dentro.

Finalmente, las hojas caen y fertilizan el suelo del que el mismo árbol se nutre, cerrando un ciclo casi sin desperdicio alguno. Cuando la Tierra se vuelva a arrimar al Sol, las hojas volverán a estallar como si nada hubiera pasado.

Algo similar sucede con los frutos. De hecho, los agricultores suelen obligar al árbol a soltar las frutas suministrándoles estos químicos antes de tiempo, lo cual, obviamente, es una aberración, al igual que podarlos por vaya-a-saber-uno-qué-excusa-pelotuda (sin mencionar la deforestación masiva, que al menos trae algún que otro beneficio).

El árbol tuvo millones de años para perfeccionar ese sistema y sus ciclos. Es una máquina perfecta, sobre todo porque mantiene oculta una enorme cantidad de engranajes silenciosos, químicos que trabajan en perfecta armonía con su entorno. El árbol se deshace de las hojas porque los fríos vientos del invierno podrían derribarlo. Además, con pocas hojas produce menos sombra y permite aprovechar mejor la poca luz del invierno. Y en esa tarea anual de auto-podarse, ejercita aquella filosofía que a nosotros nos sigue costando comprender: "cortar por lo sano", para seguir pudiendo regalar aire y libros porque, como cantó Atahualpa Yupanqui, el árbol que tú olvidaste siempre se acuerda de ti.