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Experimentos filosóficos para un día de ocio (4)

Lo único que vale la pena para un ser humano es ser humano.
Esta vez la filosofía viene en forma de pequeños cuentos o relatos, porque éstos son, desde primigenios tiempos de cavernas y noches al rededor del fuego, lo que une a los humanos, lo que nos hace Humanos. Y tal vez, así como todo conduce a la filosofía, ésta también nos dé siempre una misma respuesta: Lo único que vale la pena para un ser humano es ser humano. Y, como no sabemos lo que significa, es demasiado.


Ser gigante

Ser gigante
Imagina que un día despiertas y tu cuerpo es tan grande como para sostener la Luna entre sus manos. Notas que no sólo es pequeña: es fría, pesada, suave. Si la sacudes, despliega una nube de polvo; si la hueles, te recuerda a la pólvora; si la frotas, sus cráteres se borran; si la arrojas, se pierde en el infinito... La Luna pasa a ser sólo una roca más en un estanque de oscuridad mientras tu cuerpo sigue creciendo.

Vuelves la vista hacia un planeta cercano. Desde tu perspectiva, no es gran cosa. Sabes que contiene miles de millones de humanos, pero ahora no son más importantes que los miles de millones de microorganismos que nacen y se replican, compiten y evolucionan en un fruta podrida y que, si se dejan allí indefinidamente, conquistarán todo el planeta, dando origen a nuevas especies.

La Tierra ya no es tu mundo y la dejas en paz. Después de jugar un rato con los anillos de Saturno, no queda mucho por hacer en el Sistema Solar y te vas a buscar algo más estimulante. Encuentras un agujero negro pero no te quieres acercar demasiado y le lanzas algunos planetas desde lejos; intentas mover infructuosamente una estrella de neutrones; reordenas las órbitas de cometas, asteroides, planetas y estrellas. Tu cuerpo sigue creciendo y las galaxias en tu mano ahora se sienten apenas como tibia arena.

Tarde o temprano te das cuenta de que eso es todo. Ya descubriste el patrón del universo: el resto es más de lo mismo. Vas hasta el borde y lo ves todo de un vistazo. ¿Qué sentido tiene ahora? Podrías ser un dios, pero tu infinitud y poder son inútiles para las frágiles criaturas que te adoran. El movimiento de una sola de tus células podría provocar la extinción perpetua, el caos, el fin, la nada.

Tal vez –piensas ahora, mientras el cosmos se convierte en un punto luminoso–, lo hermoso es ser pequeño, frágil, temporal. Sólo en lo limitado puede haber diferencias. Como humano, podrías pasar la vida descubriendo detalles de otro ser humano, de las bacterias, de las estrellas. Estarías igualmente lejos de lo atómico que de lo astronómico, de lo fugaz que de lo eterno. Tendrías una vista verdaderamente privilegiada.




Vivir en otro planeta


Como habitante de un pequeño planeta verde y con doce lunas, creciste mirando al cielo a través de sus anillos y consagraste tu vida a la observación de los astros. Cierta noche tuviste la oportunidad de ver algo único en tu telescopio: Una bola blanca con cráteres y manchas como huellas digitales y una larga cola de polvo pasó a toda velocidad muy cerca de uno de los soles. El evento fue demasiado efímero como para estudiarlo; el bólido se perdió de vista en poco tiempo y nadie te creyó.

Pero pudiste calcular su trayectoria, que era prácticamente recta, e intentar rastrear su origen. Después de años de trabajo, los símbolos matemáticos te llevaron a descubrir un lejano planeta de tamaño mediano, mayormente azul. Quizás –pensaste– la bola blanca haya sido una nave o un mensaje de una civilización avanzada allí escondida, pero tu telescopio no era lo suficientemente potente para ver en detalle ese mundo que flotaba a sesenta y seis millones de años luz.

Reuniste a la comunidad astronómica y lograste que te escuchara. Los convenciste de construir un enorme telescopio dedicado únicamente a la promesa de vida inteligente en aquel lejano planeta azul. El día finalmente llegó y la cúpula que cubría la lente se abrió. Las coordenadas fueron ingresadas en la computadora y el cañón óptico apuntó al planeta. La imagen era borrosa al principio, pero reveló manchas blancas en movimiento y mucha agua en la superficie.

Al acercar y enfocar la imagen sobre la tierra firme, los patrones de vida se comenzaron a mostrar. Con unos ajustes más, el telescopio reveló en detalle la forma de vida dominante: se trataba de criaturas vertebradas, en su mayoría bípedas. Aunque los ejemplares variaban en tamaño y color, casi todos estaban cubiertos de escamas y eran de sangre fría, como los saurópsidos de tu planeta, pero más grandes. No había señales de inteligencia.

Por esas cosas del destino, el día del descubrimiento, cumbre de toda una vida de investigación, un enorme asteroide impactó en el planeta azul, generando una nube de polvo que en poco tiempo lo oscureció por completo. La tiniebla no se disiparía hasta muchos años después de tu muerte y nunca sabrías si alguna forma de vida sobrevivió a la asfixia y el frío. Te consolaste pensando que, después de todo, eso había ocurrido sesenta y seis millones de años atrás.


Experimentar la continuidad del ser

Experimentar la continuidad del ser
En pocos años abordarás por primera vez a un teletransportador. El miedo y la excitación tratarán de dividirte a medida que las luces y sonidos comiencen a encenderse. Una grabación te explicará el proceso mientras el conteo regresivo cae a cero. Antes de que te des cuenta, la pantalla mostrará "-1". Sabrás que tu cuerpo, incluyendo cada detalle del estado de tu cerebro, fue copiado, desmaterializado y reconstruido en otro continente, con otros átomos.

"Desmaterializado" significa "asesinado" –pensarás–, porque es el único modo: una fracción de segundo después de que la máquina comprobara el éxito del proceso, tu cuerpo original habría sido sido destruido. Sería absurdo duplicar a una persona cada vez que se teletransporta. Probablemente... –te corregirás– seguramente los originales sienten dolor, mueren como cualquiera... pero, después de todo, son ellos quienes deciden teletransportarse.

La escotilla se abrirá y un técnico se asomará cautelosamente diciendo: "Ha ocurrido un error... No se alarmen". Voltearás y verás a tu lado una copia exacta de ti. Mirarás a tu doble a los ojos y sabrás lo que está pensando: uno de los dos debe ser desmaterializado antes de que alguien se dé cuenta del accidente. Pero ambos piensan igual, y someterlo a votación sería ridículo. No querrás ser quien muera. Tu copia tampoco.

El técnico tendrá una mejor idea. Dará un paso atrás diciendo: "Voy a crear una nueva copia y los desmaterializaré a los dos. Es más justo". Cerrará la escotilla y pensarás, tratando de consolarte, que seguirás viviendo en la nueva copia, que temer por tu vida sería disparatado. La copia sería tú mismo en cada minucioso aspecto. El visor marcará menos uno y lo único que se habría perdido en el universo será el recuerdo de ese horrible momento.

Mientras un hormigueo desmaterializador invade tu cuerpo, cobrarás conciencia de lo que el "yo" realmente es: no tu esencia, ni tu cuerpo ni siquiera tus recuerdos o pensamientos o emociones: tu continuidad. Y que esa continuidad no está en ninguna parte. Que el yo muere a cada instante, que se ahoga en el pasado sin dolor para renacer en el futuro. Que el verdadero ser sólo existe en el presente.