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Secretos del lenguaje corporal: El pie delator

Hay un par de códigos corporales en particular que te volarán la cabeza si nunca los habías notado. Uno de ellos es la postura de los pies...
Hay un par de códigos corporales en particular que te volarán la cabeza si nunca los habías notado. Uno de ellos es cuando alguien te señala el cráneo con el dedo índice y luego lo retrae hacia sí (sólo te vuela la cabeza si el dedo está sobre el gatillo de un arma). El otro es la postura de los pies. Porque, como todo el mundo sabe, la mentira tiene patas, patas que dicen siempre la verdad...

La próxima vez que veas una manada de humanos, especialmente si están parados, cosa que suelen hacer los humanos porque son bípedos, observa hacia dónde apuntan los dedos de sus pies. Casi indefectiblemente, uno de los pies de cada persona estará "señalando" a otra persona, mientras que el otro permanecerá más o menos alineado con el resto del cuerpo. Si se trata un hombre, por ejemplo, señalará con un pie hacia la mujer de ese grupo que más le guste (incluso si está lejos, sola o en otro grupo). O, si hay sólo varones, el pie apuntará hacia el que le caiga mejor o llame su atención en ese momento. Esto vas a comprobarlo con total certeza porque lo notarás también y especialmente ¡en tus propios pies! [oferta limitada a personas con pies]

¿Quién?

Además, el pie delator también te confesará si una persona se siente incómoda en el grupo al señalar hacia afuera del mismo o, en muchos casos, directamente hacia la puerta, ya sea de entrada o de salida, o hacia el lugar al que la persona quiera dirigirse. La pédica traición será tanto más notoria e incontrolable cuanto más primal sea el instinto que gobierne las profundidades anímicas del individuo: lo del sexo queda claro, pero también indicará un invisible camino mental hacia la cama si tiene sueño, hacia la mesa si tiene hambre o hacia el baño si tiene lo contrario.

¿Dónde?

Dentro del grupo, los pies no sólo dicen lo que pasa en cada psique individual sino que también hablan con sus congéneres, manifestando la predisposición general de la manada humana. Es un lenguaje geométrico el de los pies, como el de las abejas. Si, por ejemplo, dos personas se encuentran charlando y están receptivas y de ánimo para incluir a una tercera que anda cerca, sus pies se moverán para formar un triángulo que incluya al otro, invitándolo a formar parte de esa figura; en caso contrario, sólo girarán sus torsos, manteniendo los pies sobre dos líneas paralelas (cuya orientación representa la vía de comunicación).

¿Cómo?

Aunque no de manera tan evidente, las señales también se manifiestan si el dueño del pie está sentado. Con las piernas cruzadas, por ejemplo, el indicador corporal de la mente subconsciente será el pie más elevado (probablemente porque tiene mayor libertad de movimiento); en una pose un poco más rebuscada, serán las rodillas las emisarias del subconsciente social. En todos los casos, si alguien intenta disimular su atracción hacia otro, lo más probable es que sólo mienta con su torso y cabeza: cuanto más lejos del cerebro esté la extremidad, más incontrolable le resultará su confesión, como sabe cualquier que haya tenido una erección.

Conversación en lenguaje corporal

Una vez que comiences a notar estas cosas, las declaraciones de los pies te parecerán prácticamente obscenas. Y es que las extremidades inferiores no dejan de ser extrañas manos con las que caminamos; al quedar libres, gesticulan primitivamente a merced de los rústicos hilos del subconsciente. Con un poco de práctica sabrás, en definitiva, que los seres humanos son en realidad un par de pies con un montón de órganos secundarios encima.

Por supuesto, esto no funciona en ciertos casos, como en el de una fila de soldados o una conversación entre un pirata y Stephen Hawking. Pero, en circunstancias sociales normales, recordar esto será como tener subtítulos automáticos para la libido y el deseo en general, válidos para dos de los misterios más grandes: uno mismo y los demás. Así que podrías matar dos pájaros de un tiro y, después de sepultar sus cadáveres, intentar poner en práctica lo que te acabo de contar.