Cibermitanios

Lo que piensa la gente: dinero

¿Qué harías con 600 millones de dólares?
Siguiendo con la idea de robar encuestas de otros sitios y analizar el pensamiento popular desde una perspectiva individual (pero altamente calificada para opinar sobre las opiniones de los demás), traigo hoy una pregunta sumamente interesante: ¿Qué harías con 600 millones de dólares? (Y muchas otras preguntas que se desprenden de esa, que, por cierto, son todas para que intentes responderlas porque yo solo no puedo.)


¿Qué harías si ganaras 600 millones de dólares?


    Una lista para no olvidarme de parientes y amigos.
  • 24.3%
  • Gastar una parte y otra destinarla a obras benéficas.
  • 21.2%
  • Pagar mis deudas y comprar todo lo necesario para una vida confortable.
  • 20.8%
  • Desaparecer.
  • 20.5%
  • Donarlo para investigaciones científicas.
  • 8.5%
  • [otras respuestas absurdas]
  • 4.7%

Esta es una pregunta realmente compleja –más bien, las consecuencias de la respuesta lo son–. La primera opción de los encuestados revela poco entendimiento de lo que dicha cifra significa. Si bien y sin dudas todos ayudaríamos a nuestros seres queridos, estamos hablando de una extraordinaria cantidad de dinero con la cual sería posible "no olvidarse" de absolutamente nadie en todo el planeta. ¿Por qué poner primero a los amigos y familiares, habiendo seguramente gente mucho más necesitada y con mayor urgencia, especialmente teniendo en cuenta que ese dinero, prácticamente, no se acabará jamás? Quizás, este primer pensamiento (al menos primero en estadísticas, pero apuesto a que es casi instintivo) surja porque en el fondo uno comienza a sospechar que tanto dinero lo corromperá y terminará olvidándose de esas personas cercanas antes de llegar a saber de las lejanas. De cualquier modo, algo podemos aprender de esto: dado que es la respuesta con más adherentes, se comprende que cuantos más amigos tengas, mayores serán tus posibilidades de tener uno que gane la lotería y de figurar en su "lista del no olvido". Las probabilidades de que alguien gane son de 1 en alrededor de 50 millones, así que con 50 millones de amigos jugadores estaría todo solucionado. También es importante asegurarse de que cada uno de ellos no tenga demasiados amigos, o podrían olvidarte antes de ingresar a su lista. Y cabe destacar que Cibermitanios acepta donaciones millonarias.

La encuesta revela, en segundo lugar, que la gente optaría por gastar una parte de modo egoísta y limpiar la conciencia haciendo el bien para los demás con el resto. Esto también es lógico y en principio no es objetable. Pero, parece que tampoco alcanzamos aquí la profundidad de pensamiento necesaria para comprender el poder que implica todo este dinero: nada menos que el de cambiar el mundo para siempre, de elegir el destino de la Humanidad. Pocas dudas pueden caber de que sería una obligación moral (si tal cosa nos importa) hacer obras benéficas; menos dudas de que sería una responsabilidad de la que uno no se podría deshacer; prácticamente, una maldición. Elegir cómo gastar de forma óptima en los demás es demasiada carga para una sola persona. A menos que uno se deshiciera de casi todo el dinero inmediatamente, es una responsabilidad que demandaría durante toda la vida elecciones con repercusiones milenarias. Delegar y tercerizar tanto el dinero como las inversiones sería una de las opciones más sensatas, al menos para mantener la propia cordura –no sólo por la cantidad de decisiones, sino especialmente por el inevitable reflujo de megalomanía que tanto poder conlleva: ¿quién es uno para decidir por toda la especie humana, sin mencionar a otras del mismo ecosistema, y cómo se transformarían su convicción e ideales con el tiempo, sin mencionar cuántos enemigos y falsos amigos se ganaría?

Un tercer grupo no parece tener un pensamiento modelo para la sociedad: invertiría todo lo posible en su propio bienestar. Probablemente, alguna de estas personas guardase el resto en un banco (como 599 millones de dólares), donde quedaría hasta su muerte y tal vez más, como el oro de los faraones. Incluso este escenario, donde uno se deshace de las preocupaciones y de hecho no daña a nadie directamente, amerita preguntar por las consecuencias de dar tanto poder a los bancos y al sistema capitalista (es inevitable: 600 millones no caben bajo tu colchón). Podría ser preferible a esta opción quemar todo el dinero que uno no vaya a utilizar. Después de todo, es un arma potencial. Surge el planteamiento de si sería incluso ético (es decir, conveniente para la Humanidad) darle tanto dinero a alguien, por mucho que lo merezca o le corresponda al haber comprado el número ganador de la lotería. Tal vez, las reglas del juego deberían cambiar en casos como este... o tal vez en todos, porque 600 millones o sólo 600 dólares "de más" siempre son una responsabilidad tácita: ¿A partir de cuánto se puede considerar superfluo, innecesario, egoísta, burgués o pésimo (en oposición a óptimo) un gasto? Tal vez, después de todo, las mismas reglas sí se apliquen a cualquier cantidad, y tanto si se gasta como si se guarda, ya sea en un cerdito de cerámica o un jabalí de acero, sólo que esas reglas no nos importan. 6 dólares, bien usados, podrían cambiar el mundo. Personalmente, considero que todo gasto innecesario es inmoral si hay una necesidad en alguna otra parte (claro que este ideal difícilmente soporte el peso de un yate lleno de modelos levemente alcoholizadas).



Al seguir pensándolo más, realmente pueden dar ganas de desaparecer, como a los representantes de la siguiente respuesta en cantidad de adherentes. De hecho, esta encuesta fue realizada con motivo del premio de la lotería que por primera vez ganó una sola persona... y que no apareció para reclamarlo. ¿Habrá sido una decisión consciente? ¿Habrá muerto al enterarse? ¿O estaría aún pensando todas estas cosas mientras se mece seiscientos millones de veces en un oscuro rincón? Yo, después de haberlo pensado y charlado bastante, aún no sé cuál sería la mejor reacción. Pasar a ser la persona más poderosa del mundo de un tic a un tac no es sólo una cuestión de fama y privacidad. Es un hecho que todo el mundo mantendría un ojo sobre nuestra historia y que las miradas pesan como balas en la conciencia. Sea tal vez preferible mantenerse fuera del alcance del radar, como quien finge su muerte y cambia su nombre y el de su perro para irse a vivir a una cabaña en Canadá. Pero desaparecer tampoco es gratis: en este caso, cuesta 600 millones, un precio que alguien en alguna parte va a pagar sin haberlo tenido jamás. Es otra interpretación de la frase "el dinero es deuda": una deuda hacia quienes lo necesitan.

Una minoría más moralmente moderna invertiría en las ciencias, aparentemente comprendiéndolas como engranajes fundamentales del motor del progreso. Pero –lamento decir–, aunque el dinero es el combustible predilecto del Sistema que impera en nuestra civilización, no lo es de la curiosidad, la innovación, la pasión, las ideas ni de nada que pueda acercarnos a una meta humanista. En la solitaria ruta que recorren nuestras ciencias más nobles, 600 millones equivalen a soplar un tractor para que vaya más rápido. No es pesimismo: en comparación, sólo el presupuesto anual de la NASA es de 18.000 millones1. Seiscientos no harían demasiada diferencia en el mundo, no como se usan actualmente. Si el presupuesto total de Estados Unidos fuese una pizza dividida en doscientas porciones, NASA recibiría sólo una. Para que los 600 millones dieran sus frutos, habría que apostar muy prudentemente a uno o dos proyectos científicos (y no al azar). Y ¿por dónde empezar? ¿Ciencias naturales o sociales? ¿Tecnología o educación? ¿Salud o hambre? ¿Calidad o cantidad? Y así hasta quedar desorientado como una mosca a la que se le cayeron las lentes de contacto mientras intentaba armar un rompecabezas de mil piezas durante un terremoto. Insiste la idea de que es mejor deshacerse de la maldición rápidamente, tal vez creando un panel internacional de académicos y activistas que maneje los subsidios mientras uno se protege del sol bajo la sombrilla de una piscina gigante de Margarita. Y ¿por qué limitarse a la ciencia, si ésta ya nos dio 600 millones de soluciones –por nadie compradas por haberse gastado el dinero en campañas políticas– que esperan a ser aplicadas en otros tantos problemas milenarios? Con un buen plan, todo es posible. Podría usarse esa suma incluso para abolir el dinero...

Finalmente, como previendo el interminable laberinto de opciones, una cantidad de respuestas absurdas de la gente evidencia que la locura amenaza desde que se comienza a imaginar la idea. Delirios de grandeza aparecen primero ("comprar terrenos en Marte"); delirios de modestia, en segundo lugar ("repartirlo entre toda la Humanidad"). Y así el sentido común desvaría, sin encontrar el equilibrio entre los grotescos extremos del minimalismo y el rococó ("menos es más" y "más es mejor"). De poco serviría al espíritu más altruista darle partes iguales a cada persona del mundo; apenas aumentaría nuestra fortuna individual en 10 centavos (y es sabido que, si cada uno pone su granito de arena, tarde o temprano tendremos un hermoso desierto); repartir el dinero, aunque sea entre seis, ya es diluir su potencial... Quizá sea mejor, después de todo, usar todo junto para comprar un nuevo planeta donde no haya hambre ni enfermedades ni delitos ni gente. Ojos que no ven...