Cibermitanios

Había una vez: Tótems

Los espíritus que esconden los árboles muertos.
Alicia tenía razón: un cuento sin imágenes es aburrido. ¿Qué diría el personaje de Carroll acerca de un blog sin imágenes? Seguramente me reprocharía haberlas dejado de lado en los últimos posts. Por eso, para las Alicias del ciberespacio, hoy contaré un pequeño cuento ilustrado llamado Tótems. No sé bien de qué se trata, pero lo importante son las imágenes (tanto las que entran como las que salen).



Hay personas que pueden pasarse media hora eligiendo un par de zapatillas, pero jamás apartarán un minuto de sus vidas para contemplar los detalles únicos de un árbol; nunca sabrán, en su ilusoria libertad de elegir entre cosas iguales, que los árboles son esculturas preciosas e irrepetibles de la naturaleza.


Pero cuando muere un árbol -rara vez de muerte natural- es útil para el Ser Humano. Para este ser superior -el único animal que hace fuego-, lo único que puede competir contra la utilidad de las cosas es su belleza.

Y, dado que la belleza natural parece atravesarlo sin rastro, no es mala idea conservar algunos esqueletos vegetales, inservibles, añadiendo otra belleza menos sutil, artística, esculpiendo en ellos su propia lápida.

La idea fue de Tommy Craggs, quien durante un buen tiempo, aunque no tan largo, no dio la cara, como Banksy, dejando estas alucinantes criaturas en medio de un bosque de North Yorkshire.

Es una forma de retomar contacto con los verdaderos espíritus del bosque, aquellos que inspiraron independientemente en cada cultura primitiva la creación de tótems, es decir, representar su propio origen, quizá por la necesidad de un ser consciente de no sentirse bastardo del universo, de ponerle un rostro a Eso.

La palabra totem proviene de la lengua de los aborígenes Ojibwa, en la cual ototeman es la relación original que une a los hermanos, y totem, la originalidad misma, el origen, la esencia.

Como previendo los mecanismos de la evolución, cada tribu tenía un tótem y la prohibición de procrear con alguien del mismo clan. Las tribus intercambiaban miembros con tal fin y, cuando una tribu alcanzaba cierto límite demográfico, creaban una nueva tribu con un nuevo tótem.

Tribus, por su parte, es una palabra romana -también presente en atribución, contribución, retribución y distribución, además de en tribuna, tribunal, tributo y atrevimiento- que designaba a los tres grandes grupos de la Antigua Roma: los latinos, los sabinos y los etruscos.

Y, así como las palabras, el Hombre se aleja de su esencia; olvida que es también un símbolo y no sólo una cosa cambiante cuya definición es más difícil que imprimir un GIF.

Siempre buscando el fantasma dentro de la máquina... ¿No es más sensato agradecer a la naturaleza, allí donde máquina y fantasma son lo mismo, donde el corazón late y al mismo tiempo es latido?

Al contrario que los monumentos a la utilidad, todas estas esculturas están hechas sobre árboles caídos naturalmente o que necesitan ser talados por cuestiones de mantenimiento.

Y tal vez lo más poético es que este ex-talador inscribe en la madera cada mínimo detalle con una motosierra.

Tanto la utilidad como la belleza creadas por el Hombre se sirven de la técnica, que nos aleja, con la ciencia por un lado, de lo naturalmente real, pero que con el arte por otro lado nos acerca a ella prestándonos los ojos animalmente curiosos que se abren ante la esencia de la realidad -lo que aún es natural, lo que no podemos explicar-.

Y hay una posibilidad aún más asombrosa de la que quizá ni siquiera su creador esté consciente: algún día, sus esculturas serán piedra, ya cuando sus propios huesos sean polvo: trascendencia.

Eso que llamamos arte es el poder olvidado de ser: descubrir la verdad en uno mismo y arder con fuego propio antes de ser consumido por otra verdad, tal vez demasiado fría...