Cibermitanios

Dudar o no dudar, he aquí la duda

Lógica vs. Moral, la interminable batalla dentro de tu cerebro.
Sí, esto va a ser bastante confuso... pero no podría ser de otra manera al hablar sobre dudas, decisiones y la búsqueda de lo inalcanzable. Si al terminar de leer el post quedan dudas (sobre cualquier cosa), su función se habrá cumplido con éxito; más allá de la duda –aclaro, por las dudas–, no hay nada que intente transmitir. Si sirve de consuelo: ni yo mismo sé a qué apunta todo esto, pero espero que nos haga pensar.


Lógica Vs. Moral


Imagina que viene un tren, pero no uses demasiada imaginación porque no hay tiempo. Hay una curva en las vías, por lo que el maquinista no puede ver que más adelante hay siete personas trabajando en las mismas. Imagina también que cerca de tu mano hay un botón que podría desviar al tren hacia otros rieles en los que hay sólo un obrero trabajando. La pregunta es obvia: ¿te gusta el sexo anal? Perdón, me confundí de ventana.

¿Harías el cambio de vías, sacrificando una vida para salvar siete? No lo pienses demasiado, el tren se acerca y estará aquí en unos segundos. ¡Hay que actuar!



La mayoría de las personas elegiría presionar el botón. Siete vidas, después de todo, valen más que una. Es sentido común. Por supuesto, se entiende que presionar o no presionar el botón era tu única alternativa. A pesar de que difícilmente olvides tu elección por el resto de la vida, seguro que hiciste lo correcto, ¿o no?

Está bien, en la práctica, no cualquiera tendría los huevos para decidir sobre las vidas de los demás, pero al oír en el noticiero que Fulano decidió hacer el cambio de vías, aún cuando luego le dieran cadena perpetua, seguramente la opinión general sería: "hizo muy bien".

Ahora, veamos una situación ligeramente distinta: el tren se acerca en las mismas condiciones que antes, los siete obreros siguen ensimismados en su trabajo, pero en lugar de estar cerca de un botón, ves a una persona que está parada al borde de un puente por debajo del cual pasará el tren. Tus opciones son: no hacer nada o empujar a la persona del puente para que el tren tenga tiempo de frenar y salvar así a las otras siete personas, que están más adelante. ¿Qué harías?



En este caso, la mayoría de las personas jamás se atrevería a tomar partido, y los que lo hacen, primero dudan y luego se llenan de excusas. En cualquier caso, a nadie le parece lo mismo presionar un botón que empujar a una persona. Evidentemente, empujar a alguien desde un puente hacia las vías de un tren está mal. Sin embargo, la situación es exactamente la misma que la anterior: sacrificar una vida para salvar siete. Entonces, ¿qué es lo que cambia?

La respuesta es: cambia nuestro cerebro. La realidad sigue siendo la misma: una persona o siete, tic-tac.


Dentro del cerebro


Al oír el primer problema, el del botón, el área de nuestro cerebro que se activa es la misma encargada de hacer cálculos y predicciones (1), el área más nueva en la evolución de este órgano, pero que es extremadamente hábil y veloz para comparar y elegir la mejor de las opciones.

En el segundo problema, la acción cerebral sucede en un lugar completamente distinto, en el sector de las emociones y sentimientos (2), detrás de los ojos, en nuestro cerebro primitivo. Y aunque en un segundo plano ya hay una solución matemática, este sector interfiere enviando una alerta moral.

Zonas activas del cerebro (aproximadas)Y comienza un diálogo literal entre estas dos partes de la conciencia. Lo que está bien para una, está mal para la otra, ¡y ambas tienen razón!

En cierto modo, es como si tuviéramos dos cerebros que funcionan de maneras completamente distintas. Cada uno se vale de diferentes reglas o algoritmos para resolver los problemas de su propio dominio, y el conflicto ocurre cuando esos dominios se superponen.

La contradicción es saludable porque ayuda a ver el cuadro completo, el alcance de nuestros actos; de otro modo, cada vez que tuviéramos frío, prenderíamos fuego una silla, porque sería la solución más lógica, y al quedarnos sin sillas, incendiaríamos la casa del vecino... y así nos habríamos extinguido hace milenios.

Cuando se analizan los cerebros de los psicópatas, este conflicto no ocurre. Se enciende el primer sector del cerebro y, al no haber oposición, la decisión está tomada. En otras palabras: los psicópatas no tienen filtros morales.



En las personas "normales", una tercera parte del cerebro entra en juego y funciona como árbitro entre las otras dos. Lo hace generando preguntas para poner a prueba e intentar falsear uno de los dos argumentos o encontrar puntos en común. De allí nace una idea más objetiva y una mejor decisión.

Las alertas de ¡bien! y ¡mal! que grita nuestro inconsciente son bastante relativas, y a veces sumamente contradictorias. El ejemplo de los trenes da cuenta de nuestra pobre capacidad para distinguir estos dos conceptos y de la facilidad con que podemos transformar uno en otro cambiando sólo un botón por un puente, por ejemplo. En la práctica, son la misma cosa, como es lo mismo mirar un árbol de navidad gigante y dejar que alguien sea despedazado por un tren de indiferencia.

Cuando hay conflicto y una de las partes no sabe dialogar, de allí en más todo serán excusas para justificar una postura insostenible, como queda demostrado.

Pero cuando uno toma una decisión no es el mundo lo que debe cambiar, sino uno mismo, y, por tanto, las excusas sirven sólo para mantener firme la propia decisión, aunque no la hacen realmente más válida que el resto de las opciones.

Es necesario, en esos casos, forzarse a cambiar, hacerse preguntas para mediar entre ambas posturas (a menos, claro, que nuestro ego sea demasiado frágil como para admitir su equivocación), porque las excusas no dejan lugar a la duda...


La duda


El caso es que tomar una decisión final o adoptar una postura implica descartar todas las demás opciones o aceptar vivir con la contradicción, obligarse a dejar de pensar en las alternativas y renunciar a un examen más cuidadoso que podría traer mejores beneficios. La capacidad de hacerse preguntas que tiene una persona es la que finalmente decide la disputa. De su alcance dependen las buenas decisiones.

Este tipo de conflictos es la raíz de toda duda legítima, y -como sostuvieron todos los grandes filósofos- la duda es la escuela de la verdad. El problema es cuando no hay conflictos, no hay dudas, no hay razonamientos.

Sin dudas, no podría haber decisiones, ni buenas, ni malas. Y no habría hombres más sabios que otros, sólo robots de carne, hueso y ropa. La verdadera inteligencia humana -la capacidad de prever lo que no es inmediatamente visible, literalmente, la capacidad de ver más allá de nuestras narices- nace allí, en el centro de esa discordia entre lo lógico y lo ético, lo inmediato y lo posible, lo aceptable y lo positivo, lo conveniente y lo constructivo.

¿Cómo hicieron esto? ¿Cuántos recursos utilizó? ¿Con el dinero de quién? ¿Cuáles serán las consecuencias? ¿Para qué?...

El primer paso es dialogar, cuestionarse uno mismo, escucharse o, más bien, escuchar a nuestra otra mitad. Luego, con suerte, obtenemos un tercer punto de referencia, más allá de lo lógico y lo ético, pero ése es un tema aparte.

Los que vivimos en este hermoso continente americano llevamos en la sangre la trágica historia de los espejitos de colores -hoy, monedas y luces de neón-, y nos sirven de señales para practicar la duda, comenzando por preguntarnos el por qué de su brillo, siguiendo por el para qué y para quién.

Como dijo inmejorablemente el gran filósofo Pedro Abelardo: "la duda conduce al examen, y por el examen se llega a la verdad".