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Diario de viaje: Bolivia

Un primer reconocimiento de Bolivia, peligrosamente inocente y sincero.
De tanto en tanto el viajero tiene la invaluable oportunidad de ver con ojos nuevos, inocentes y analfabetos pero también agudos, afilados. Se convierte por instantes en el perfecto francotirador filosófico: invisible y armado de balas que a nadie dañan ni nadie siquiera percibe. Este es mi primer reconocimiento de Bolivia, peligrosamente inocente y sincero —advierto con prudencia tanto a los sinceros como a los inocentes—...


Lo bueno


Partiendo desde el epicentro de Argentina (y este no es un dato geográfico sino sociológico), se llega a la frontera con Bolivia gracias a 30 horas sobre rieles y otras pocas sobre ripio y asfalto. El paisaje natural no cambia mucho hasta La Quiaca (Argentina) y desde Villazón (Bolivia).

Cordón montañoso Ocho Hermanos, entre Yavi y la Quiaca (Argentina)Dicho paisaje es imponente desde lejos y quita el aire al acercarse, literalmente. Los pueblos entre las montañas a ambos lados están tan alto que dificultan mucho respirar. Al más simple movimiento lo hacen producir la sensación de haber terminado de correr una maratón en segundo lugar.

Especialmente donde la civilización tapiza las laderas con su gris y áspero alfombrado, es necesario descansar dos segundos por cada escalón, y, cada quince, dan ganas de acampar. De hecho, sorprende que los lugareños carezcan de un ritual de suicidio equivalente al seppuku japonés consistente en correr diez metros llanos.

Los que logran respirar suelen sentarse a observar las montañas. Unos aseguran que éstas crecen lentamente; otros, que se erosionan a ritmo de caracol. No hay consenso acerca de estas realidades, pero lo cierto es que dichos témpanos mediterráneos respiran a través de sus verdes superficies.

LlamaLa altura no permite, por lo demás, que existan muchas formas de vida animal entre los pliegues de la madre tierra. Hay algunas pocas aves, y sólo las llamas y vicuñas recorren lo alto de punta a punta. Y hay moscas también, pero van generalmente a pie.

El calor es extremo de día; de noche, el frío. Se debe el contraste no a la altura en sí misma ni a la sola latitud, sino a la delgadez de la atmósfera: por la tarde es escaso el escudo aéreo que protege al hombre de su Sol; bajo las estrellas, uno queda prácticamente a merced del espacio (la concentración de oxígeno lo atestigua) y otro un poco alcoholizado teme no regresar si salta para tocar la Luna.

A tales altitudes, en vez de lluvia hay arroyos que parecen nacer directamente del cielo, ya que las nubes suelen pastar más abajo: no cuelgan éstas del aire sino que se deslizan sobre la tierra inclinada. Acaso —piensa uno por allí— todo el cielo esté apoyado sobre las cumbres más altas.

Hay arroyos también y más abundantemente de vegetación, serpenteos impresionistas de diversos verdes enmarcados con azul en sus 360 esquinas. Y hay poco más, plegando el mapa, hasta llegar al Titicaca, un lago pegado al cielo donde las olas tocan las nubes.

Lago Titicaca (Bolivia)Lo primero que uno se pregunta al ver el Titicaca es qué clase de monstruo alberga este lago. Luego de un rato de contemplación, uno lo advierte silenciosamente: el lago es su propio monstruo. Bestial es su belleza. En ningún otro lugar uno puede meter las patas al agua y ver en el horizonte nubes refrescándose por igual. Es este el monstruo que teóricamente vomitó a los incas al mundo.

Más cumbres rodean y contienen al valle de agua, bordándolo de blanco tamizado sobre montaña. Más atrás y allá hay desiertos con caprichosas formas verticales y arqueadas, lagos de sal y aguas termales, flora y fauna dignas de un planeta aparte. La vaca se transforma en llama, la gaviota en cóndor, la palmera en cactus y el horizonte en hipnóticas líneas onduladas.

Pero basta un sólo ser humano para arruinar kilómetros y milenios de belleza natural...




Lo malo


Debido a la altura inédita para seres nivelmarinos como yo y al cansancio implicado que ya mencioné, también cuesta ducharse en Bolivia, pero esto se compensa con la dificultad de olerse al respirar. Lamentablemente, la tradición de hacer caso omiso de los olores se extiende cuesta abajo y hacia el norte por los pueblos y ciudades siguientes.

Zona turística de PotosíToda la economía regional parece carroñar en torno de la higiene: las veredas son angostas, de modo que no caben árboles donde hacer pis; por otro lado, todos los baños públicos cobran sus servicios. Estos dos fenómenos resuelven la ecuación a favor de una higiene peor que pobre.

El "servicio" nunca incluye papel y casi nunca garantía de agua, lo que resulta generalmente en cosas que no quisiera recordar. En muchos de los casos no hay siquiera puerta que cerrar y en otros uno va al baño del restaurante mientras mira a la gente comer (esta es la vista afortunada). En una terminal de buses los mingitorios son una pared que no llega a la cintura y cuyo lado opuesto es el respaldo donde se sientan señoras con sus cuellos salpicados, sin notarlo. Este privilegio también cuesta uno o dos bolivianos.

Más de una vez estas ciudades y pueblos me hicieron recordar la frase del agente Smith en la Matrix acerca del olor a humano. Y la repulsión es extrema al darse cuenta uno de su propia humanidad.

Entre todo el olor a orina, heces y transpiración que permea la mayor parte del país, la gente sin embargo es buena y amable muchas veces. Pero cuando trabaja (o simplemente cobra) se vuelca hacia una antipatía extrema. Ante cualquier consulta o favor solicitado uno puede considerarse afortunado si recibe un seco "no", verbal o gestual. En otros casos, la respuesta es rellenada con un peor insulto: el silencio y la mirada esquiva (que se vuelve contagioso), que dejan al solicitante en posición de menos que humano.

Comerciante bolivianaLa falta de higiene no es exclusiva de los cuerpos y afecta también a la moral. El heredero legítimo de la tierra andina no hace uso humilde de ella. Cobra al transeúnte por casi cada paso que puede y donde no puede lo impide. Con pocas excepciones, todo visitante es tratado como merece el invasor (previo lucro) y tácitamente invitado a abandonar el país lo más pronto posible o quedarse a costa de perder él también los modales y el respeto por las formas de vida similares y las costumbres ajenas. Entre esta mezcla de miedo y desprecio por la vida discurre la ignorancia, que siempre se declara inocente.

Afortunadamente, ni todo el mundo es así en Bolivia ni todo lo demás (lo no humano) carece de belleza y colorido. Pero se vuelve muy frágil la correlación entre la ilusión afectuosa que uno lleva al país y la experiencia concreta con que se vuelve o sigue.

La situación natural del viajante se potencia en Bolivia al infinito: las ganas encontradas de quedarse a descubrir y las de proseguir para vivir el viaje en sí mismo, ya que toda parada no es más que descanso del verdadero camino que es viajar, se vuelven irreconciliables. He buscado pensamientos y palabras para comprender a mis hermanos del norte y he intentado acciones para acercarme a ellos y en pocos casos fui tratado como más que animal y escasas veces oí de otros viajeros agradables experiencias.

Cementerio de juguetes (botadero) en Tupiza, BoliviaLa mayor pena surge al ver hundirse en tales costumbres, por aquí y por allí, a niños aún inocentes y a veces superdotados que no saben leer porque deben comerciar con el turismo que sus padres parecen tanto aborrecer. Los productos que ofrecen a los precios que uno puede acceder son inimaginables de producir sin una red de esclavitud escondida, seguramente mucho más tétrica que la insalubre red de trabajo normal que puebla las calles y callejones y plazas y mercados accesibles al extranjero que descubre imposible el intercambio cultural, como en un safari.

Es remarcable el hecho de que el país tenga una riquísima cultura autóctona pero casi nada de ajena, lo cual lo convierte en varios sentidos en inculto. A cierta altura del viaje —anoté personalmente—, se extraña estar 4.000 metros y un trópico más abajo, y ahora, atónito por el maltrato gratuito, todavía lamento que coincida la división de estas líneas en "bueno" y "malo" con "natural" y "antropológico".

Y es que la tierra nunca es buena ni mala ni descortés ni racista y embellece todas las retinas por igual; más que una madre es la tierra una maestra, y si hay algo que se pretende de un viaje es aprender, conocer, sorprenderse. Pero se espera de la gente no sólo aprender —¡y he aprendido!— sino también el buen ejemplo y ser bienvenido, y de eso se siente poco en casi cualquier parte de Bolivia.

Carnaval en La PazLa educación, sin dudas, es el clave privilegio del que carecen los habitantes de estas hermosas tierras, al punto de que los estudiantes universitarios se esconden tras improvisadas máscaras al trabajar para pagar sus estudios como si pecaran de ambiciones obscenas o reconocieran otra perversión de la que no quieren formar parte...

A lo perverso identifico como faltas de respeto, de amor y de curiosidad y algo como un rencor quizá producto de un herida ancestral ya ni siquiera recordada contra alguien que no existe y que lleva a un pueblo de tanto querer ser humilde a jactarse de su humildad, transmutándola en soberbia y ganando, de paso, la jactancia, cosa que sí compartimos los de países más australes.

Al menos el ladrón argentino sonríe mientras te roba. La sonrisa al boliviano promedio le es ajena como la higiene —siempre con algunas excepciones—. La juventud es alarmantemente escasa, saltando del niño al adulto más rápido que lo deseable, y el respeto es imperdonablemente nulo por los ancianos, de los que pueden verse mendigando o haciendo trabajo inhumanamente forzoso en cada calle en número mayor que dedos lleva uno consigo.

Finalmente, más allá de la primera orilla del Titicaca, uno es recibido por el abrazo de Perú, un contraste que ni Dante encontraría al saltar del octavo círculo del Infierno hacia la octava esfera del Paraíso.